Palacio "Ruiz de Villafranca" (Casa del Inquisidor)

 

 





 patrimonio
 patrimonio perdido
Edificio Neoclásico en Calle Soler
Casa del inquisidor
Pavimento de Santo Domingo
Edificio del Zara
Potencia del Niño Jesus de la Sagrada Familia de "F.Salcillo"
GEMMA RUIZ ÁNGEL; MARIANO CECILIA ESPINOSA
UNIVERSIDAD DE ALICANTE

Durante el siglo XVIII la ciudad de Orihuela es protagonista de una importante renovación arquitectónica fruto de la pujanza económica que caracterizará a esta centuria, especialmente en lo que refiere a los edificios directamente vinculados con los estamentos más poderosos del municipio; la iglesia y la nobleza.
En primera instancia la iglesia dotará a sus edificios de una riqueza ornamental propia de la época, como máxima expresión del Barroco, tanto en sus nuevas fachadas como en la ornamentación interior.
De esta forma, fueron muchos los templos oriolanos que cambiaron su aspecto, los ejemplos son variados y de todo tipo, desde ermitas como la del Santo Sepulcro que quedó reestructurada hacia 1762, hasta iglesias parroquiales que hicieron nuevas sus portadas, es el caso de la puerta de las Gradas en Santa Justa o la de la capilla de la Comunión en Santiago.
Se crearon nuevos espacios como el Seminario Diocesano de San Miguel de la Peña, la Casa de la Misericordia o el Palacio Episcopal, todos ellos relacionados con el Obispado, que pretendía dotar a su capital de las infraestructuras necesarias para el desarrollo de su apostolado.
La magnificencia del culto a Dios propia del sentimiento barroco conllevó que la renovación no fuera solamente exterior sino que otros elementos relacionados con el ceremonial divino sufrieran una importante transformación; la orfebrería, las imágenes o los ornamentos sagrados fueron continuamente enriquecidos.
Pero la levítica Orihuela no solo era un importante núcleo religioso sino que además era sede de una floreciente nobleza que habitaba en el casco urbano con grandes posesiones en la comarca. Durante este siglo la aristocracia local dotó a la ciudad de grandiosos edificios que la impregnaron de un aire plenamente señorial. De esta forma se levantaron casas solariegas como la de los Condes de Luna, Barón de La Linde, Marqués de Lacy, Marqués de Arneva o el Palacio de los Ruiz de Villafranca, por citar algunos ejemplos destacados.

I. LA FAMILIA RUIZ DE VILLAFRANCA.

Los primeros representantes de esta familia oriolana fueron el Doctor Domingo Ruiz de Aledo, Catedrático de Vísperas de Cánones en la Universidad de Orihuela y su hijo, Francisco Ruiz de Villafranca Aledo y Soler, alguacil Mayor del Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad de Murcia.
En 1734 fueron reconocidos por el Rey como parte integrante de la nobleza oriolana tras un largo pleito en la Real Audiencia de Valencia contra varios nobles de Orihuela y Murcia que denunciaban el uso que hacían de su blasón y escudo de armas sin ser, a su juicio, del estamento nobiliario.
Durante siete años mantuvieron una dura pugna con José Ruiz de Benitibi, Luis Togores y Valenzuela, Gerónimo Ruiz de Valebrera, José Rocafull, Gerónimo Roca de Togores, Francisco Ruiz de Avalos, Arnaldo Rosell y Roca, Luis Celdrán y Aledo y Juan Otazo y Porras, nobles de viejo abolengo en Orihuela y en la vecina población de Murcia.
La pretensión de estos señores era que se quitaran los escudos de armas que tenían en sus casas y los sellos que usaban los Ruiz de Villafranca “por defecto de Titulo, privilegio o derecho para mantenerlas” .
En dos sentencias reales, la primera el 19 de Noviembre de 1727 y la segunda el 27 de Abril de 1728, se dictaminó que se mantuviera la posesión y el uso del escudo de armas, tanto en las puertas de sus casas como en sus sellos. Finalmente el 31 de Octubre de 1732, en una tercera y última sentencia, la audiencia absolvió a las partes implicadas, decretando que la ciudad de Orihuela tuviera por nobles a la familia Ruiz de Villafranca, Aledo y Soler, ya que se había probado con creces su nobleza e hidalguía y permitiera el uso de su escudo de armas.

“que esta Ciudad huviesse, y tuviesse por Nobles, a cuyo Estado y Classe se permitia, y concedia el Escudo de tales Armas, por tener probada concluyentemente su Nobleza, e Hidalguia...”

El 5 de Junio de 1734 reunido el Ayuntamiento de la Ciudad en las Casas Consistoriales se notificó el contenido de la Real Provisión del Rey Felipe II y la sentencia de la Real Audiencia de Valencia, acordando el cabildo municipal cumplirla, reconociendo la clase y estado de nobleza del linaje Ruiz de Villafranca.

“ Enttro en cavildo el Sr. Dn. Joseph de Rocafull el presente Escribano nottificó a la ciudad el Despacho de su Magestad y S. S de su Real Audiencia de este reyno con fecha a Veinte y quattro de Mayo pasado de proximo por el que se mande a la justticia y Reximiento de esta se les haga saber su contenido como también la Real Executoria ganada en dicha Real Audiencia por el Dr. Dn. Domingo Ruiz y Dn. Francisco Ruiz, en virtud de lo qual se hayan de tener a esttos, tratar y respetar por el esttado y clase de nobles; según y como los haga la ciudad con los demás de dicho estado y entendida la ciudad del contenido de esta Real provicion y Real Executoria que relaciona haviendola obedecido con el acattamiento y Respeto devido, como a ordenes y mandatos de su rey y señor natural, acordó se guarde, cumpla y execute según, y en la conformidad que se manda y previene en dicha Real Provicion y executoria; y que dexando un tantto del ultimo Despacho se debuelva original a parte de dicho Dr. Dn. Domingo Ruiz que fue quien la presento” .

II. EL PALACIO “RUIZ DE VILLAFRANCA”.

La ciudad estaba dividida en cuatro zonas bien delimitadas, el casco de la ciudad y los arrabales de San Juan Bautista, San Agustín y el Arrabal Roig. En el casco se concentraban los principales edificios de la ciudad, excepción hecha de la Universidad de Santo Domingo, instalada por Fernando de Loazes en las afueras durante el siglo XVI. Entre ellas destacará la ubicación de las casas consistoriales, la cárcel, la iglesia de las Santas Justa y Rufina, la Catedral y especialmente los palacios de la nobleza.
El palacio Ruiz de Villafranca se encontraba situado en pleno corazón del casco urbano, cerrando la plaza de la Pía, en un entorno en donde se localizaban algunas de las casas de la nobleza oriolana; entre ellos el palacio de los Condes de Pinohermoso.
El edificio ocupaba una amplia manzana, cerrando la plaza de la Pía y la de la Soledad a dónde daban sus fachadas principales. Constaba de tres alturas, siendo una construcción de gran entidad, sobriedad y elegancia, residencia de la nueva nobleza del barroco.
En cuanto a la cronología de la construcción podemos precisar que se realizó en la década de 1720, según se desprende de los pleitos ocasionados entre la familia Ruiz de Villafranca y la aristocracia local, ya que se iniciaron a raíz de la colocación del escudo en el palacio y en consecuencia durante su edificación. Por tanto, si el pleito duró siete años y finalizó en 1732, la construcción se dataría en torno al año 1725.

Materiales y técnicas constructivas

Los materiales y las técnicas constructivas utilizadas en el edificio son las típicas que han caracterizado la arquitectura vernácula local desde antaño. Principalmente los materiales empleados en el inmueble son la piedra sin trabajar, la piedra labrada y el ladrillo, mientras la madera se emplea para las vigas y la carpintería.
La piedra labrada se destinaba fundamentalmente a los elementos de mayor relevancia; la portada y el escudo heráldico. Mientras se utilizaban sillares como basamento del edificio y como refuerzo en las esquinas de la construcción.
La piedra sin trabajar cogida con mortero de cal, se destina para la mampostería de los muros y paramentos, mientras el ladrillo se usó por ejemplo para la construcción del arco zaguán de la entrada.
Como sistema de cubiertas hemos de destacar el empleo del tejado a dos vertientes de teja árabe, tan característica de la zona, asimismo se utilizaban las superficies abovedadas, como se pudo atestiguar cuando fue desmantelado el palacio, apareciendo bóvedas decoradas con rocallas, propias de la segunda mitad del siglo XVIII .

Fachadas: Reformas realizadas, lectura de la construcción.

El edificio tiene dos fachadas principales, la primera situada al Norte, con vistas a la plaza de la Pía (actual Marqués de Rafal) y la segunda localizada al mediodía, a la plaza de la Soledad (actualmente Pz. Teniente Linares). La construcción se cierra al Oeste y a Levante por otras dos fachadas de menor importancia con respecto a las anteriores.
La fachada Norte cierra un entorno emblemático, la plaza de la Pía, enmarcada por dos grandes construcciones nobiliarias, el palacio del Conde de Pinohermoso y el actual del Marqués de Rafal. Esta fachada conserva, aún a pesar de las remodelaciones posteriores, la fisonomía original del edificio, lo que permite realizar una lectura de la construcción y de sus posteriores reformas, una auténtica lección de los diferentes estadios por los que ha atravesado la arquitectura vernácula de la localidad.
El inmueble cuenta con tres alturas bien diferenciadas, la planta baja tiene como elementos más significativos la portada de piedra labrada, que enmarca un amplio hueco de entrada, cuyo fin era permitir el paso de carruajes, dando acceso a un arco- zaguán, elemento habitual en el resto de palacios de la aristocracia de la ciudad (Marqués de Arneva, conde de Pinohermoso, por citar algunos ejemplos). A ambos lados de la puerta principal se situaban dos grandes ventanales simétricos, cercados con rejas, mientras en la esquina se ubicaba el escudo nobiliar de la familia.
Sobre ella se erigía la planta principal del palacio, de mayor estatus en la vivienda, en donde destacaba el amplio balcón central tan característico de las casas señoriales. Siguiendo el modelo de la planta baja, se ubicaban a ambos lados otros dos vanos simétricos, eso sí de mayor amplitud, con balcones y la rejería habitual.
Finalmente, coronando el edificio se situaba la planta superior destinada al servicio de la casa, con vanos de menores dimensiones que los del resto de plantas, dado que era la de menor importancia del palacio. Destaca como remate final de la fachada un alero de madera que podría ser coetáneo a la colocación de los miradores en las últimas décadas del siglo XIX.
Esta fachada sufrió una serie de reformas posteriores al siglo XVIII, el cambio de gusto o simplemente el nuevo destino y uso del edificio conllevó un conjunto de actuaciones que a continuación pasaremos a analizar.
En el siglo XIX la fachada queda con la fisonomía propia de las viviendas neoclásicas que perdurará hasta la llegada del eclecticismo en el último cuarto de siglo, manteniéndose incluso hasta las primeras décadas del siglo XX. Nos referimos a la utilización como elementos decorativos de un enlucido de color ocre con fajones de yeso que enmarcan los límites longitudinales de la fachada y los del resto de vanos.
Pero quizá sea a finales del siglo XIX cuando el palacio será objeto de mayores alteraciones. En primer lugar destacar la apertura de vanos asimétricos con respecto al resto de los preexistentes, como reflejo del rechazo de los dictámenes Neoclásicos de la Academia, que conllevó la llegada del estilo ecléctico al finalizar el siglo.
En otro orden de cosas señalar otras actuaciones menores como la colocación de tubos desagüe hasta la rasante del suelo cuya obligatoriedad había sido impuesta por el consistorio en el último cuarto de siglo o la colocación de un zócalo en la planta baja.
Esta fachada se prolongaba a lo largo de toda la calle de la Feria hasta alcanzar la zona del Convento de Santa Lucía. En 1894 fue objeto de una importante reforma junto a la fachada meridional y la de Levante, en donde se realizaron una serie de intervenciones como la disposición de un zócalo en la planta baja, decoración de sillería isodoma simulada en el estuco como revival historicista, apertura de vanos simétricos en las plantas superiores con decoración vegetal y utilización de una cornisa para coronar el edificio .
En cuanto a la fachada meridional con vistas a la plaza de la Soledad poco podemos añadir ya que la fisonomía que nos ha llegado corresponde a una importante reforma realizada bien entrado el siglo XX, destacando en ella la presencia de miradores de obra.

III. ELEMENTOS SIGNIFICATIVOS DEL PALACIO.

La portada y el arco zaguán de entrada

La portada era el primordial indicador de la fachada con un rango superior al resto de vanos, concentrando toda la riqueza ornamental como instrumento para destacar la puerta de ingreso. El palacio tiene la típica portada sobria y elegante de las edificaciones nobles de nuestra ciudad, realizada en piedra labrada estaba formada por dos pilares cajeados, apoyados sobre un podium, con arquitrabe y cornisa lisa, un esquema similar a otras tantas que se prodigaron durante el barroco en nuestra ciudad, de las que por desgracia conservamos muy pocas.
Este ingreso, principal entrada del edificio, quedaba cerrado mediante un gran portón de madera con dos hojas que abatían sobre goznes, decorada como es típico, en el siglo XVIII, con clavos de bronce.
Esta puerta daba paso a un amplio arco- zaguán elemento característico de otros tantos palacios de la ciudad (Marqués de Arneva, Palacio de Pinohermoso, condes de Luna), en donde además de conseguir una espaciosa entrada servía como sustento y apoyo de todas las vigas, siendo un elemento constructivo de vital importancia. En este caso se utilizó el ladrillo como material constructivo, sin embargo en numerosas ocasiones esta documentada la utilización de sillares, un ejemplo sería el actual palacio de los Condes de Luna o el desaparecido de Pinohermoso.

Balcones; Rejería y miradores.

Como elementos de interés, hemos de citar la rejería del siglo XVIII que había colocada en los tres balcones de la planta principal del palacio, en donde destacaba el central por su gran amplitud.
Estaban realizados en hierro forjado con algunos motivos decorativos que le proporcionaban un aspecto sobrio y elegante, principalmente se basaban en una roseta dispuesta bien en el centro del balcón central o en sus extremos.
Como citamos en el apartado anterior el edificio sufrió una serie de transformaciones entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, entre ellas fue la colocación de miradores en los balcones laterales de la planta principal del palacio.
Estos miradores eran uno de los primeros ejemplos que poseíamos en la ciudad de Orihuela, estaban realizados en madera, lo que indica que fueron colocados a finales del siglo XIX, ya que en un principio el mirador fue considerado como un elemento mueble prefabricado. Más tarde en las primeras décadas del siglo XX, se transformó en un cuerpo cerrado de obra, como parte indispensable de la fachada, con predominio de las superficies acristaladas.
Fundamentalmente, era un elemento sobrepuesto en los balcones, formado por varios paneles alargados de cristales que cerraban a modo de ventanales. En principio su función era aproximar la vía pública a la visión de la persona que a través de la ventana observaba la calle, en especial destinado a la mujer quien por entonces pasaba la mayor parte del tiempo en la vivienda.

Escudo heráldico.

Como en cualquier construcción en donde la nobleza es propietaria, aparece el escudo de la familia promotora de la edificación o en su caso de sus propietarios. Si bien suele estar colocado en el sillar central del dintel de la puerta principal, también es característica su ubicación en las esquinas de los palacios, ejemplos en nuestra ciudad tenemos muchos; el palacio del Conde de la Granja, el del Marqués de Rafal o el propio de la familia Ruiz de Villafranca son fiel testimonio de esta costumbre.
La presencia del escudo era la culminación del mensaje que se pretendía dar al visitante o al simple viandante, es decir, una impresión de grandeza, de dominio y de rango de nobleza en el contexto urbano y en consecuencia en su dimensión social.
En este caso, el escudo se situaba en la esquina de la fachada Norte en su parte occidental, localizada en la calle de la Feria. Estaba cuartelado en cruz, formando cuatro cuarteles con los diferentes emblemas de los apellidos del propietario del palacio, por un lado, en el primer cuartel el linaje de los Ruiz, a continuación el de los Villafranca, representado por una ciudad y tres flores de lis. En segunda instancia los apellidos de sus antepasados, Aledo y Soler, heredados de su padre, Domingo Ruiz de Aledo y Soler, que ocupaban el tercer y cuarto cuartel respectivamente.
Como ornamentación exterior del escudo destaca la presencia del casco coronado por un penacho de plumas cuya tipología responde a la de un señor o hidalgo. Su orientación mirando hacia la derecha indica la pureza del linaje ya que de otro modo si estuviera a la izquierda, decantaría un origen bastardo . Engalanando todo el conjunto se desarrollaba una serie de lambrequines largos que otorgaban gran suntuosidad y elegancia al escudo.


IV. A MODO DE CONCLUSIÓN.

La labor del historiador no debe limitarse al análisis y a la contemplación pasiva de la historia sino que es su obligación ser participe del tiempo presente, aportando con sus conocimientos nuevas perspectivas a la sociedad.
En este caso si se hubiera realizado un estudio previo, detallado y riguroso del palacio que hemos analizado quizá ahora no estaríamos hablando en pasado y nuestro patrimonio hubiera conservado como testimonio cultural para las generaciones venideras un palacio del siglo XVIII en pleno centro del Casco Histórico.
Sin embargo la ignorancia, el menosprecio o la falta de voluntad por parte de todos los implicados en el derribo, ha terminado como es ya habitual en un montón más de ruinas que quizá sea el reflejo de una ciudad decadente desde hace ya siglos sin expectativa alguna de recuperación.


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