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| El Puente de Poniente, La Sala y La Casa del Paso |
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Antonio J. Mazón Albarracín (Con la colaboración imprescindible de Jorge Belmonte Bas) “Los muros de Orihuela del lado del oeste son bañados por este río; un puente de barcas da acceso a la villa”. (Al-Idrîsî, siglo XII)
“El Día de navidad (de 1320) amaneció el río tan crecido que cubrió el puente, y las gentes del Raval y heredades no podían pasar a misa. Y el consejo mandó que todos los maestros y toda la gente de la villa acudiesen a ayudarles, y así fue adobado y presto, y como era tanta costa, hacían pagar a los ganados una cabeza por mil ”. Esta precariedad y la tragedia que suponía carecer de iglesia cuando el Segura, con demasiada frecuencia, incomunicaba a los vecinos de su otra orilla, obligó a utilizar la ermita situada extramuros bajo la advocación de San Sebastián y San Roque (donde ahora está el convento), que se convirtió en ayuda de parroquia o capilla de la Catedral, con su pila bautismal. Para asistirla, un cura residía continuamente en ese lado del río. Erigido el Convento de San Agustín, dicha función quedó obsoleta. Pero no todo eran inconvenientes. La sencillez del puente, permitía destruirlo en caso de necesidad, convirtiendo el río en un foso defensivo, como así ocurrió en la guerra entre Castilla y Aragón, conocida como “de los Pedros”. “El puente Quebrado se dijo porque en la primera guerra del rey Don Pedro de Castilla lo mandó quebrar el consejo, y en el año 1361, en el cual se hizo paz, mando dar 50 sueldos para adobarle ”.
Al final del puente, un arco abierto en la muralla permitía la entrada a la ciudad y mediante un pasadizo abovedado que cruzaba por debajo del la Casa Consistorial, se desviaba el tránsito incomodo de la calle del Ángel hacía la del Río. “.. de sillería de la mejor calidad blanca, fuerte y granimenuda, con pilastras de trece palmos de altura y piedras de cuatro palmos y medio unas y otras de tres palmos y medio, dos palmos de altas y todo el espesor de la pared con las tres caras bien labradas, orden corintio, arco abocinado y sobre él, el escudo de armas de la ciudad. Las puertas con su erraje grueso de madera vieja, chapado en oja delata, con las serraduras de la mayor firmeza y hermosura”.
El puente viejo, reedificado como hemos dicho a principios del siglo XVIII, presentaba de nuevo en 1763 un aspecto deplorable. “El estado en que se encuentra el puente, haciéndose en el de cada día agujeros, y que tiene mucha parte de sus maderas y barandillas podridas y señaladamente se ha derribado en una caballada tanto de su suelo que no puede pasar seguramente cabalgadura alguna para introducir molienda alguna en el molino en perjuicio del arrendador que paga licencia a la ciudad y con la contingencia de poder caer en el río algunas criaturas de las que transitan por dicho puente”. Pero el principio del fin no llegaría hasta 1829. En ese año, además de los famosos temblores de tierra que asolaron la gobernación oriolana, las copiosas lluvias otoñales aumentaron considerablemente el caudal del río Segura. En enero de 1830 volvió a llover torrencialmente, llegando a diluviar durante veintinueve horas y media seguidas entre los días 28 y 29. El día 30 se desprendió un sillar del arco que sostenía el puente, encargándose de la reparación el maestro Antonio Sánchez, que puso una piedra muy ajustada cerrándolo de nuevo . Pero tan solo fue el primer aviso. El día 15 de octubre de 1834, nadie pudo evitar que cediese ante los envites de una nueva riada y tres días después “la Sala”, desprovista de apoyo, corrió su misma suerte. Todo lo que quedó en pie hubo de ser demolido. En el “Expediente sobre reparación o reedificación de la Casa antigua Consistorial de esta ciudad”, fechado en 1836, Antonio Sánchez confeccionó unos preciosos “Planos explicados por letras, números y colores”, pero el consistorio no pudo sufragar la obra y fue desechada. Pasados seis años, se vendió el terreno a Luis Abadía, que erigió un edificio de viviendas. En 1848, su viuda Josefa Larranzi se vio obligada a deshacerse del mismo . El edificio que en la actualidad ocupa su lugar, conserva en el zaguán una pequeña joya. Si alguien les abre la puerta (manda narices) podrán contemplar una de las representaciones más antiguas de nuestro oriol, datada en 1598. Según Ojeda Nieto, este escudo y el San Roque expuesto en el claustro de la Catedral, son coetáneos y pertenecen a la desaparecida puerta de San Agustín. Pero volvamos al puente. Tras varios proyectos de reedificación, el obispo Félix Herrero Valverde, se ofreció al ayuntamiento para encargarse personalmente de dirigir la habilitación de dos nuevos y sólidos puentes de madera, administrando eso sí, los 20.000 reales que para ello había dispuesto el consejo. Aceptada su propuesta, escogió para tal menester al capuchino Fray Antonio de Benimassot, del convento de Monovar que ya había trabajado en las Salesas. Las obras duraron desde el 19 de Mayo al 8 de agosto de 1835. El puente de Benimassot, fue un verdadero fracaso, enseguida comenzó a perder el nivel y poco a poco se fue deteriorando hasta que en 1842 amenazaba con desplomarse. El ingeniero de caminos Elías Aquino, dirigió la construcción de un nuevo puente de madera de pino endurecido en las aguas de las salinas. Esta vez probaron su solidez aparcando en su doble calle cinco carros de bueyes bien cargados de pimiento molido. Quedó terminado el 22 de abril de 1843 , pero tampoco duraría mucho. En el verano de 1868, la Sociedad Material para Ferrocarriles y Construcciones de Barcelona, instaló un nuevo puente de hierro, sustituido ya en el siglo XX y del que se conservan los planos y aparece en la fotografía.
Siguiendo el trazado de esta calle y partiendo de la torre de la Sala
discurría la muralla, como podemos comprobar contemplando el trozo
de la misma y los torreones encontrados en las excavaciones del solar
de un palacio desaparecido. Gracias al Museo de la Muralla, todos estos
restos, han quedado al descubierto y la entrada a este subterráneo
nos brinda una oportunidad única de contemplar un trozo de esta
vieja calle en distintas épocas. Actualmente, soporta un edificio
moderno, el aulario Casa del Paso dependiente de la universidad “Miguel
Hernández”. El nombre con el que se ha titulado este edificio
tiene su origen en la mansión que allí se ubicaba. También
fue llamada de Togores o de Los Sandovales aludiendo a la familia Togores,
Señores de Jacarilla que la construyeron en el siglo XVIII y a
Francisco de Paula Sandoval y Togores, caballero murciano que la heredó
con el señorío, al morir Ignacio Togores y Escorcia sin
descendencia en 1811.
MOSÉN PEDRO BELLOT, Anales de Orihuela, Capítulo XXIII
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