Antonio José Mazón Albarracín (Con la imprescindible
colaboración de Jorge Belmonte Bas)
Dejamos
nuestro paseo en la “esquina del pavo”, hablando del ensanche
efectuado en la segunda mitad del siglo XIX. La fuente más creíble
y precisa para darnos una idea de la tipología urbana heredada
de los árabes en esta zona encorsetada por la muralla, son los
protocolos notariales. En ellos se nombran estrechas callejuelas, llamadas
traviesas y tortuosos callejones que se mantuvieron hasta más
allá del siglo XVIII. Por ejemplo el que existía entre
la calle Meca y el palacio de Arneva, o el de Pamies, citado por Gisbert,
que nacía al otro lado de dicha casa y tras un recoveco continuaba
por la calle Jinjoleros (actual Madre Elisea). También la calle
nombrada “del Marqués”, que principiaba en la Plazuela
del Carmen y comunicaba con la plazuela de los Jesuitas.
Dejando aparte la desaparición de la muralla, uno de los factores
decisivos para su nueva configuración, fue la erección
de la iglesia y cenobio de la Orden del Monte Carmelo, que eliminó
varias casas, necesarias para su edificación y para la formación
de la plazuela conocida a partir de entonces como del Carmen. También
alteraron callejuelas, como la que a la derecha de la torre de dicho
convento salía al río y que fue suprimida.
El origen de la Orden del Carmen se remonta a un grupo de ermitaños
establecidos en el Monte Carmelo (Palestina) a fines de del siglo XII.
Dicha orden que con el paso del tiempo se convirtió en mendicante,
llegaría a nuestra ciudad en un momento trascendental para los
carmelitas a causa de la reforma lanzada por Santa Teresa de Ávila,
a la que se unió San Juan de la Cruz.
El
Padre Balbino Velasco, historiador y miembro de la Orden del Carmen,
nos habla de una primera fundación transitoria en el verano de
1537, en una casa llamada de la Virgen de Monserrate cedida por el cabildo
con el beneplácito de Justicia y Jurados. Pero debió de
ser breve, pues pasadas dos décadas, ya no figuraba en los capítulos
provinciales de la Orden .
Casi medio siglo después, los Carmelitas se dirigían
al Consell, solicitando licencia para fundar un convento. Habían
escogido un mal momento, Orihuela siempre dispuesta a recibir y apoyar
a cualquier fundación religiosa, sufría duros años
de sequía y hambre, así que el consell la denegó.
Pero eso no les detuvo, tras conseguir el apoyo del todopoderoso Cabildo
de la Catedral, compraron una casa en la calle del Hospital de San Bartolomé
y el 25 de julio de 1585 el Padre Miguel Alfonso Carranza, fundaba en
Orihuela el monasterio de Ntra. Sra. del Carmen, perteneciente a la
provincia religiosa de Aragón y Valencia. El inmueble, no debió
ser de su agrado, porque poco después se trasladaron a una casa
solariega, propiedad del magnifico Juan de Rocafull, conocida como el
palacio. Les había sido cedida por uno de sus apoderados, pero
el Señor de Rocafull, desautorizando a su administrador dejó
a los carmelitas en situación más que precaria.
Buscaron
refugio en la Ermita de San Julián (actualmente Monserrate) de
la que también fueron desalojados, esta vez por el párroco
de Santiago. Pero pronto encontraron benefactores. El 25 de septiembre
del mismo año, se instalaban en una casa propiedad de la familia
Villegas. Adaptando el edificio a su nueva utilidad permanecieron en
él hasta que en 1658, la capilla que estaban construyendo se
desplomó, arruinando también parte del convento. Otra
vez estaban en la calle.
Proyectaron construir de nuevo el convento en un solar propiedad del
sacristán de la Catedral, pero en septiembre de ese mismo año
la suerte comenzó a cambiar. Las donaciones de una casa con terreno
anexo efectuada por Gerónima Orumbella y Rocamora y de la contigua
por la Condesa de Siralt, proporcionarían a los carmelitas su
emplazamiento definitivo.
Anastasio Vives de Rocamora , provincial de la orden y oriolano de nacimiento,
envió a doce religiosos con la intención de reactivar
la fundación. Su deseo era implantar la reforma de la que hablamos
anteriormente. Ya tenían el sitio, solo faltaba el dinero. Llegó
a oídos de Fray Anastasio, que el consejo tenía hecha
promesa de erigir una ermita a San Pablo, adoptado por la ciudad como
abogado contra la peste y les propuso dedicar el nuevo convento al citado
apóstol, a cambio de percibir la suma que el consejo tenía
destinada a la construcción de la prometida ermita. Para terminar
de convencerles, añadió además la promesa de abrir
un colegio de latinidad, que tantos beneficios daría a los oriolanos.
Así acabaron los problemas de la orden del Carmelo, entre 1658
y 1660 el consejo se convirtió en patrono perpetuo del convento
de Ntra. Sra. del Carmen con advocación de San Pablo. Se comprometió
mediante concordia a donar 1000 libras en diez años a razón
de cien libras anuales a cambio de ciertas condiciones: que la Capilla
mayor de la iglesia tomase la denominación de San Pablo, que
en ella colocasen una imagen de medio cuerpo del apóstol construida
en 1657 por dos plateros de Alicante a expensas de la ciudad y también
cuatro escudos de piedra con sus armas. Por último se reservaron
el derecho exclusivo de entierro para quien decidiese el consejo. Un
año después comenzaban las obras. En 1666 compraron dos
solares anexos y en 1672, el municipio les cedió uno en la calle
Jinjolero y otro junto al hospital, que dedicaron a jardín. Fue
terminado e inaugurado en 1686. A la antigua ubicación se le
llamó el Carmen Viejo.
El 25 de octubre de 1820, el gobierno liberal surgido del pronunciamiento
de Riego, decretó la supresión de las comunidades con
menos de 12 religiosos y los frailes fueron trasladados a Alicante.
El cambio de gobierno les permitió regresar tres años
después, pero el decreto real de 25 de julio de 1835, significó
la definitiva exclaustración de los Carmelitas. El convento quedó
vacío y abandonado, hasta el punto de pensar en su demolición
por estar “extremadamente ruinoso” en 1838.
La iglesia de San Pablo, a la que corresponde la sobria portada del
siglo XVII situada a la derecha, había quedado muy afectada en
la riada de 1834, así que fue parcialmente derribada, empleando
algunos de sus materiales en la remodelación del pósito
de la Plaza Nueva, convertido en nuevo ayuntamiento. La de la izquierda,
del siglo XVIII, era la entrada a la capilla propiedad de la cofradía
del Carmen y fue preservada por sus celosos dueños, siendo restaurada
en 1850. Es de estilo rococó y sobre ella, dos ángeles
custodian el escudo carmelita. En su interior se conserva una Virgen
obra de Salzillo, verdaderamente espectacular.
El miércoles 9 de febrero de 1898, el número 2 del semanario
“El Eco del Segura”, informaba de la puesta en marcha de
la “cocina económica de San Antonio”, instalada en
el antiguo convento del Carmen. La inauguración tuvo lugar el
domingo día 6 y a ella asistieron el Obispo, el alcalde, numerosos
clérigos y gran parte de la “alta sociedad de Orihuela”.
El primer menú, costeado por el cabildo y distribuido entre 477
familias “verdaderamente necesitadas”, consistía
en arroz, garbanzos, patatas, tocino y media libra de pan. Para atender
dicha obra, los promotores solicitaron ayuda a las carmelitas Terciarias
de Caudete.
Con el apoyo del obispo, que concedió licencia el 3 de diciembre
de 1898, enviaron a cuatro religiosas que se instalaron en el viejo
y ruinoso edificio. Ya nunca lo abandonarían. Desde su llegada
en enero de 1899, comenzaron los trámites para traspasar a Orihuela
la curia generalicia y el noviciado.
En julio de 1899 las Hermanas de Santa Maria del Monte Carmelo con la
Madre Elisea como nueva Superiora General, se trasladaron desde Caudete
al vetusto exconvento. Pronto se instalaron en una casa anexa, sita
en la misma plaza. La cofradía les traspasó la custodia
y mantenimiento de la iglesia del Carmen y poco a poco, comenzaron a
adquirir los terrenos del antiguo convento, fraccionados en pequeñas
propiedades tras la exclaustración.
Esta especie de refundación, dirigida por el prelado Maura Gelabert,
lo convirtió en la Casa Madre de “Las Carmelitas de Orihuela”.
Actualmente, disponen de un moderno edificio, edificado en el huerto
conventual, e inaugurado en 1981. La calle paralela a este edificio,
antes llamada jinjoleros se tituló Madre Elisea.
Algunas religiosas de esta orden, se encargaban de cuidar el sanatorio
de los doctores Eusebio Escolano y Ángel García Rogel
(los llamados santos médicos), ubicado en la esquina entre esta
plaza y la calle del hospital. En este moderno centro sanitario, según
la publicidad de la época, se unían el confort, la asistencia
científica y el consuelo moral. El edificio que perteneció
a los Roca de Togores, se mantendría hasta principios de los
ochenta del siglo XX. De él sólo nos queda una portada
barroca, trasladada después del derribo al patio del convento
del Carmen.
Continuamos por la calle del Hospital, dejando a la derecha una calleja
que en lo antiguo se llamó de Eusebio y ahora forma parte de
Maestro Esteban, de cuyo titular no hemos encontrado nada.
El origen del nombre de la calle Hospital de San Bartolomé o
sencillamente del Hospital, no hace falta explicarlo, el edificio que
encontramos a continuación es el responsable de dicha titulación.
Martínez Paterna, nos habla de un convento en el Arrabal Roig
y de un hospital no lejos del río, junto a la antigua casa de
la villa. Dice que ambos pertenecían a la mítica Orden
del Temple, establecida en Orihuela desde 1273. Mosén Pedro Bellot,
es bastante mas concreto, ubicando a los Templarios en los solares que
ocupaban el hospital y el granero episcopal . Del granero hablaremos
al llegar a la calle López Pozas, aquí vamos a contar
un poco de la historia del Hospital. Dice J. Bautista Vilar que en 1308,
tras la disolución de la orden templaria, Jaime II cedió
el edificio al obispado de Cartagena, que lo utilizó como palacio
episcopal, sirviendo de morada temporal al mismísimo privado
del rey Alfonso en 1452 . Pero los prelados cartageneros, dejaron de
visitar a una hostil Orihuela que ya reclamaba su propio obispado y
el edificio abandonado a su suerte, se fue arruinando poco a poco a
pesar de las protestas oriolanas que reclamaban su restauración.
Hasta tal punto llegó la desidia que a mediados del siglo XV
el caserón se había convertido refugio de ganado vacuno.
Aprovechando el buey que el obispo Rodrigo de Borja ostentaba en su
escudo, circulaba esta coplilla:
“Se honra el obispo de Murcia / en tener un buey por armas/ y
los bueyes en tener / su palacio aquí por cuadra ”.
Lo
cierto, es que en 1558 gracias a una permuta efectuada por el último
obispo de la diócesis de Cartagena Esteban de Almeida, se trasladó
a este arrabal el hospital del Corpus Christi y San Bartolomé
desde su antiguo y céntrico emplazamiento en la calle mayor,
erigiendo en los antiguos terrenos, junto al Loreto el actual palacio
episcopal.
En mayo de 1624 el permutado hospital, fue encomendado a los religiosos
de la orden de San Juan, convirtiéndose en Convento y Hospital
del Corpus Christi, orden de San Juan de Dios. Una carta del abogado
Joseph Huguet, dirigida al corregidor de Orihuela, en nombre del prior
del Convento y Hospital del Corpus Christi, orden de San Juan de Dios,
en 1768, nos desvela los pormenores de dicha cesión:
“Digo que hauiendose fundado el referido convento en veinte y
nueve de mayo de 1624, cedió aquella ciudad por propios el derecho
de cárcel, pieles de cabrito y el que a la sazón tenía
en las adoverías, para que con estos productos y las limosnas
que pudieran recogerse para dicho convento, se acudiese a la manutención
de los pobres enfermos y niños expósitos que se hauian
de recoger en el Hospital General que se fundó en el mismo Convento
para dicha Ciudad y su contribución. Desde entonces los referidos
religiosos, mis partes, han continuado en pedir limosnas por esta y
su contorno para mantener y curar los muchos y pobres enfermos del dicho
Hospital, sin embargo de haverle faltado los efectos de derecho de cárcel
y pieles de cabrito asignados por la ciudad; y como en virtud del Rl.
Decreto expedido por V.E., se les ha prohivido el pedir las referidas
limosnas, se hallan con el sensible desconsuelo de no poder mantener
a los referidos enfermos, siguiéndose por ello notable perjuicio
a la pública utilidad, ya por ser muchos los que en dicho Hospital
se socorren, no solo de la ciudad y de los contornos, si aún
transeúntes, huérfanos y mendigos ”.
Otra fuente de financiación no citada en el texto anterior,
era un corral público de comedias que la ciudad y algunas casas
nobles construyeron junto al hospital y que regentaban los propios frailes.
El consejo acordaría su demolición el 16 de agosto de
1779, con la oposición del Marques de Rafal, propietario de una
tribuna. A pesar de todo el derribo se llevó a cabo cuatro años
después y en su lugar se construyó una sala para mujeres,
bajo los auspicios del obispo José Tormo.
En 1835, con la supresión de la Orden de San Juan, se trasformó
en hospital civil, administrado por las hermanas de la Caridad y el
20 de Junio de 1892, tras solemne acto de entrega al ayuntamiento, se
convirtió en hospital municipal. Adjunto al acta aparece un inventario,
mediante el cual podemos conocer su capacidad en esas fechas (59 camas)
así como las diferentes dependencias que presentaba, son estas:
Templo del establecimiento, Sala de San Antonio(dedicada a la consulta
facultativa), Sala de la Sagrada Familia (destinada a los hombres),
Sala de San José (para agonizantes), Sala de San Rafael (para
heridos), Sala de Nª Sra. de Belén (para mujeres), Sala
de San Juan de Dios, Botica, cocina, ropería, claustro, sala
de visitas, sala de labor, dormitorio de las hermanas, oratorio, oficina,
portería, escalera, lavadero, almacén y una habitación
sin uso determinado. En 1914, Doña Mercedes Roca de Togores y
su hija la Marquesa de Rubalcava, cedieron en un terreno contiguo al
hospital por la parte del río para ubicar la sala de cadáveres
y autopsias. Un estudio técnico, por aquellas fechas revelaba
la necesidad de derribar la sala de los hombres, citando también
la ruina de las bóvedas, piso y tejado. Acabó apuntalado
completamente. Desde 1997 se muestra como Sala Museo San Juan de Dios,
para ello se restauraron la iglesia y la citada sala de hombres.
Con el fin de dar salida independiente a esta última se instaló
la portada de un antiguo palacio procedente de la calle del colegio
(hoy Adolfo Clavarana). En la clave del dintel se yergue un escudo rococó
de gran calidad en su diseño y labra, ejecutado en el último
tercio del siglo XVIII, del que no hemos podido identificar su propietario.
Trae entre otros, los apellidos Sánchez de Belmonte y Cabrero.
Continuando por esta misma calle divisamos a la derecha la parte posterior
del palacio de Ruvalcaba del que hablaremos más adelante, pues
su ingreso principal está en la calle Francisco Díe. No
obstante, queremos dejar constancia de un pequeño detalle. Como
pueden comprobar, a diferencia de las demás, la calle anexa al
jardín del palacio, no está alineada con la que tiene
a la izquierda. Esta circunstancia es debida a que en marzo de 1916,
el entonces Marqués Eduardo Almunia, solicitó y le fue
concedido variar el callejón para embellecer su nuevo palacio
con un jardín cercado por una verja. Para ello, derribó
un almacén de su propiedad, parte de cuyo solar es la actual
travesía llamada Dátil y que en el XIX era conocida como
Travesía al Hospital.