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| Por la Puerta de Murcia hacia San Francisco |
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Antonio J. Mazón Albarracín (Con la imprescindible colaboración de Jorge Belmonte Bas)
Retomamos nuestro imaginario paseo en la puerta del hospital reconvertido en museo, bajo el oriol flanqueado por dos granadas abiertas en recuerdo de la ciudad donde San Juan de Dios fundó su orden hospitalaria. Dejamos a la izquierda la moderna Plaza de la Salud para llegar a la de Santiago. Rebasándola, encontraremos dos callejuelas a la derecha (Espada y Travesía de Santiago) y tres a la izquierda. La primera de las ellas llamada Salida al Río, nos lleva hasta los restos de un portillo que aun conserva sus guías talladas en piedra. Junto a él, además del nuevo centro comercial encontraremos casi escondida, una edificación milenaria a cuyo nombre ha estado asociado el del citado portillo.
En la actualidad se titula de Embergoñes y es una torre hexagonal, perteneciente a la muralla de la Orihuela Musulmana. Fabricada de tapial con piedras de diverso tamaño, su altura original debió de ser espectacular, ofreciendo una perfecta atalaya a la entrada de la ciudad junto al cauce del Segura. A pesar de estar catalogada con el primer grado de protección, sobrevive de milagro oculta bajo un depósito de agua que le cargaron hace casi un siglo. En los preparativos para la defensa de la ciudad de 1358, al nombrar los electos para defender los puestos “en sentir el rebato”, se nombra como “torre del cantón de don Ramón ”. Medio siglo después, ante una nueva amenaza, el consejo destinó a cuatro personas honradas para instalarse en el llamado “postigo de don Ramón ”. Creemos que se refiere a Ramón de Rocafull, rico personaje del siglo XIV propietario de doce caballos, que fue procurador General de Orihuela y por dos veces Capitán General.
En la normas para la construcción de tapias, barreras y portillos de noviembre de 1800, se cita como “Portillo de la Calle de la Gloria, con su albellón y palos de olivera”, entre la barrera de la cruz del río y el Portillo del Barrio llamado del Piojo , desde la esquina de la ultima casa a la de Ros. Las calles de la Gloria y Ros se mantienen, pero de la llamada cruz del río con su idílico paisaje solo se conservan fotografías. Esta cruz de término, estaba muy cerca de la torre y su columna o sostén servía además para medir las frecuentes avenidas del Segura. En ella aparecían señaladas las fechas y altura del agua de las riadas más memorables . Por la de la Gloria, volvemos a la calle del Hospital y a partir de aquí saldríamos extramuros, es decir al verdadero Raval Roig . La torre que hemos dejado y la que a la vuelta encontraremos en la calle Torreta, estaban unidas por la muralla. La puerta llamada de Murcia y varios portillos, salían a la Plaza llamada inicialmente del Raval y luego titulada de Monserrate, que contaba con su cruz de término. Pero de todo ello hablaremos a la vuelta. Ya extramuros, caminaremos por la añeja calle que aparece citada hasta el siglo XVIII como “Carrer del carril que va a Murcia”, simplificada posteriormente a calle del Carril. Dice Gisbert que en 1891 recibió el título de San Francisco, “por ser la más próxima al convento extramuros de Santa Ana”. Concretamente, fueron un grupo de vecinos, los que en septiembre de 1891, solicitaron al ayuntamiento cambiar su nombre por la devoción que profesaban a San Francisco y obtuvieron la autorización para variar los rótulos, como siempre pagándolos de su bolsillo . . “ Siendo el Ínclito Patriarca S. Francisco uno de aquellos eminentísimos varones cuya influencia ha sido mas palpable en la marcha de los siglos, como sigue siéndolo en los pueblos que por cuenta suya, le son devotos, este arrabal que le profesa veementísima devoción, desea con deseo máximo y especialmente los exponentes como vecinos de la citada Calle del Carril, que se de a esta el nombre de aquel santo gloriosísimo”. En la Plaza de Capuchinos, seguiremos el camino real hacia Murcia, es decir la actual Avenida de la Constitución. Es un tramo aburrido y empinado, pero merece la pena caminar un poco para visitar a los observantes del convento de Santa Ana. Remontada la cuesta se abre ante nosotros la explanada de San Francisco.
Dice Gisbert que la Cruz de la puerta de Murcia o Paseo de San Francisco, fue costeada por el municipio en el año 1713 y la que estaba en las cercanías del Sepulcro, por la Orden Tercera de San Francisco en 1733. Sin embargo en las notas recogidas por el Padre Agustín Nieto se citan los trabajos y manufacturas de las cruces que se han de hacer de piedra, obra del arquitecto Juan Pierres, una en la Puerta de Murcia y otra en San Francisco, fechadas en enero de 1598 y rematadas en 200 reales castellanos. Quizás la primera corresponda a la que nombramos en Monserrate, pero parece claro que ya había una cruz de término en San Francisco en el siglo XVII y que de una forma u otra la mantuvieron hasta hace pocos años. En la alameda o paseo del convento, sentados a la sombra de sus árboles, hablaremos un poco de los franciscanos. Esta orden de origen italiano fue fundada por Francisco de Asís en el siglo XIII. Franchesco, era hijo de familia adinerada, lo que le permitió recibir una esmerada y políglota educación. Vestido con harapos, descalzo y sin dinero, decidió entregar su vida enteramente a la pobreza apostólica, renunciando al patrimonio familiar. Poco a poco fue formando un reducido grupo de discípulos con los que viajó a Roma, buscando la bendición Papal. Inocencio III les obligó a elegir un superior y Francisco se convirtió formalmente en el padre de la comunidad (pater comunitas, de ahí la costumbre de llamar a los Franciscos con el acrónimo Paco). Dicho pontífice aprobaría la llamada primera regla en 1210 y Honorio III, su sucesor la segunda y definitiva regla de los frailes menores en 1223. En la primera mitad del siglo XV, la ciudad de Orihuela suspiraba por acoger un convento de franciscanos. Instalados en Murcia desde finales del siglo XIII, se les requería frecuentemente para sermonear en fechas señaladas, trabajo por el que la ciudad les pagaba generosamente, además de hacerse cargo de la manutención del predicador (pan, vino, pescado y “confits” ) y de su mula (hierba y cebada). Por aquellas fechas, arreciaban las disputas en el seno franciscano. Ante el relajamiento de las costumbres en los llamados “conventuales”, los “observantes” querían permanecer fieles a las normas de San Francisco con su vida de predicación itinerante y pobreza voluntaria, inspirada en Jesucristo. Tras un primer intento frustrado, los franciscanos recibieron de la ciudad
en 1449 una ermita dedicada a Santa Ana, enclavada en el Señorío
de Bonanza , donde se instalaron algunos religiosos. Conseguida la licencia
real, la ciudad donó a la orden un solar en el arrabal de la puerta
de Elche para la construcción de un convento “observante”
en 1451. Se trataba del último emplazamiento de la morería
(en el lugar que ahora ocupa el Colegio Santo Domingo), pero al no ser
de su agrado fue vendido por 4.000 sueldos. Los franciscanos observantes
de Castilla, prefirieron reformar la antigua ermita y recibieron como
limosna 2.000 sueldos, la mitad del producto de la venta del dicho solar.
“Se accede a la súplica de los frailes y el Concejo ordena que se les socorra con 100 sueldos, pagándoles el pan, vino, carne y lo que deben, y el sobrante se les dé en dinero ”. Durante el siglo XVI, el edificio situado en zona de inundación, necesitaba constantes reparaciones, costeadas en su mayoría por la ciudad al mismo tiempo que solicitaba infructuosamente su traspaso a la provincia de Valencia. La riada de octubre de 1570, arruinaría seriamente el huerto y parte del convento. Tras varias actuaciones parciales, se decidió reedificarlo totalmente en un lugar más alto, a 200 metros del emplazamiento anterior, en la falda del monte de la Muela. Esta circunstancia quedó documentada en la siguiente carta dirigida al Concejo en 1593: “Ilustres Señores: Por estar la casa de San Francisco tan bieja y peligrosa que, sacada la iglesia, era menester toda de nuevo reedificarse y estar en sitio mal sano, con orden de vuestra señoría se tomó un nuevo sitio y en él se ha echado mui buen fundamento de un quarto mui principal y para que se prosiga la obra ai mucho mortero y está para todo él comprada y pagada madera muy buena en lo de Yeste y Moratalla .....” Dedicaron la primera mitad del siglo XVII a levantar su nueva fábrica a base de donativos municipales, testamentos y limosnas. Con el tiempo las necesidades de organización llevaron a los observantes a vivir de manera similar a los conventuales. Esta circunstancia dio lugar a nuevas escisiones, formándose nuevos grupos a la búsqueda de una vivencia más estricta y fiel a la Regla de San Francisco, como por ejemplo los capuchinos y los alcantarinos, que también tuvieron casa en Orihuela y de los que hablaremos en su momento. El siglo XVIII fue especialmente benévolo para ellos, formando el grupo más numeroso de la ciudad con 59 religiosos, pero las cosas cambiarían mucho en la siguiente centuria. En 1835, los moradores de Santa Ana fueron exclaustrados, clausurando el convento que pasó a formar parte de los bienes nacionales. Tras la subasta, acabó en manos de un vecino de Madrid que en 1845 lo vendió a Matías Sorzano, próspero oriolano del que ya hemos hablado. Diez años después el Sr. Sorzano lo prestó a la ciudad para instalar un hospital provisional ante la epidemia de cólera morbo. También fue utilizado como hospedería para misioneros en 1878. Hasta que en 1880, los herederos de Matías Sorzano pondrían el convento y su huerto a disposición del Padre Manuel Malo y Malo, Restaurador de la Provincia Franciscana de Cartagena, reservándose su patronazgo como única condición. Cumplidas las formalidades, se celebró su apertura el día 8 de Mayo. Todas las divisiones de los franciscanos fueron reunificadas a la fuerza por el Papa León XIII a finales del siglo XIX y en la actualidad llevan el nombre de Orden de Frailes Menores (OFM), el original del siglo XIII, pero son conocidos popularmente como franciscanos. Los frailes forman la primera orden, las hermanas Clarisas la segunda y hay una tercera orden en la que caben ambos sexos que no están sometidos al juramento de celibato. A ellos pertenece el edificio anexo, la capilla de la Venerable Orden Tercera (VOT), construida en 1892 y recientemente restaurada. Presente en Santa Ana al menos desde el siglo XVII, la VOT se distinguió por llevar a cabo actos de penitencia pública, como el Vía–Crucis o las procesiones de Semana Santa . En 1978 Pablo VI ratificó una nueva regla de la orden pasando a denominarse Orden Franciscana Seglar (OFS). En el verano de 1936, las milicias populares sorprendieron a los religiosos en sus camas. Increpados por la multitud armada, huyeron despavoridos y tras forzar las puertas con gran violencia, los milicianos iniciaron un voraz saqueo amontonando en el paseo exterior las imágenes de Nuestro Padre Jesús, la Cena, la Oración en el Huerto, la Samaritana, la Negación de San Pedro, Los Azotes, la Verónica, San Juan, y la Virgen de la Soledad, que acabarían convertidas en una enorme pira . En esos turbulentos años de contienda este convento fue utilizado como cuartel de aviación con el nombre de “Cuartel Madrid”. Pero los franciscanos regresaron después de la guerra y el 20 de marzo de 1940 a las 7 de la tarde, salía de la iglesia la procesión con la imagen superviviente (aunque mutilada), del Cristo de la Agonía. El 18 de octubre de 1940 el padre guardián y una comisión de miembros de la VOT, marcharon a Murcia para recoger una nueva imagen de Ntro. Padre Jesús, obra de José Sánchez Lozano. Al día siguiente, “la copia más exacta de la antigua, destruida por los rojos, el funesto año 1936”, fue bendecida por el Vicario General de la diócesis Luis Almarcha entre muestras de fervor popular, con la presencia del ayuntamiento en pleno, vestido de gala .
Abandonamos la alameda del convento y dejando a la izquierda la carretera de Murcia, subimos por la empinada cuesta del Calvario rememorando el antiguo Vía Crucis. Ante nuestros ojos se muestra la Ermita del Sepulcro, antaño referencia visual sobre el Arrabal Roig y escenario de antiguas expresiones de fe pública, como por ejemplo el “desenclavamiento del Señor” y su entierro al acabar la procesión del Viernes Santo. Esta ceremonia fue prohibida por varios prelados, a causa de los escándalos públicos generados durante su celebración, desapareciendo a finales del siglo XVIII. A su izquierda, encontramos una recóndita plazuela que lleva su nombre, Plaza del Sepulcro. Detengámonos el tiempo preciso para contemplar un añejo y simbólico edificio con los días contados, que se mantiene en pie de puro milagro. Alzada sobre una escalinata de acceso con grandes lajas de piedra que sirven para salvar el desnivel que existe entre la capilla y la calle, su portada de principios del XVIII se realizó en piedra labrada, destacando sobre el dintel de la puerta el escudo de armas de la VOT colocado en el año 1762, que muestra bajo que tutela fue construida esta ermita. La ventana central, debió servir para iluminar la estancia y como es típico en estas ermitas, la fachada se cierra con una espadaña en donde estuvo colocada la campana, que desgraciadamente desapareció. El edificio presenta tres estructuras bien diferenciadas; la iglesia y dos casas adosadas a ambos lados, que son de época posterior.
Regentada por la VOT, como ya hemos comentado, los primeros datos conocidos de esta ermita, datan del siglo XVII. Por ejemplo un robo sacrílego en 1693 cuando el Cristo del Sepulcro fue despojado de sus vestiduras, o el suceso fechado en 1694, cuando los ratones se comieron su sabana . Fue reedificada en la década de 1720 y en 1733 se concedió licencia al Hermano Juan Pacheco para edificar una casita a sus espaldas, donde hacer vida solitaria y penitente. En 1755 se le despidió, sustituyéndole por el Hermano Pascual Marco, encargado de mantener limpia la ermita y su plazuela, evitar bailes y otros actos profanos y adecentar anualmente el recorrido del Vía Crucis antes del Viernes primero de cuaresma. En esta fecha se celebraba el llamado Vía Crucis del Santo Sepulcro, que partía de la iglesia del convento de Santa Ana y tras recorrer su alameda, emprendía la subida hasta la ermita que era la última estación. De esta representación religiosa proviene el nombre de la calle
por la que hemos accedido a esta ermita, la calle del Calvario. Este recorrido
estaba jalonado por catorce capillas con altares muchos de ellos con lámparas
y puertas que fueron demolidas y reconstruidas en 1763 por la VOT, pues
la incuria de los tiempos había comenzado a destruirlas. Diez años
después, se empedró todo el camino y la calzada que subía
al Santo Sepulcro, embelleciéndola con arbolado. “El Sr. Cubí denuncia el estado ruinoso en que se encuentra el edificio llamado el Sepulcro y las constantes denuncias que le formulan los vecinos de aquel paraje por el peligro que amenaza. Se aprueba por unanimidad que previo informe de la comisión de ornato y del maestro de obras del ayuntamiento se lleve a efecto la demolición, cediendo el derribo al maestro de obras por si con ello pudiera cobrar algo de lo perdido con el derribo del arco de la Corredera ”. Evidentemente y por motivos que desconocemos se libró del derribo, pero no del saqueo perpetrado durante la guerra civil. La ermita, las capillas del Vía Crucis y en general todo el patrimonio de la VOT resultó muy maltrecho, pero a pesar de la penuria económica de la posguerra, restauraron las capillas y con grandes dificultades intentaron hacer frente a las costosas reparaciones que necesitaba el edificio. En las décadas de 1940 y 1950 se emprendieron diversas obras, que a menudo fueron suspendidas por falta de fondos. Su estado exigía más medios económicos de los que la VOT podía recaudar. Así que las capillas desaparecieron para siempre en los años 70 y la ermita fue vendida a la Comparsa Caballeros del Rey Fernando. El resto esta ante nuestros ojos, la Ruina. Recientemente sus propietarios han entablado conversaciones con el ayuntamiento en las que ha colaborado la Asociación Amigos de Orihuela, para negociar una posible permuta. Esperemos que no sea tarde.
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