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| El convento de Capuchinos y la Virgen de la Fe |
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Antonio J. Mazón Albarracín
(Con la imprescindible colaboración de Jorge Belmonte)
Retomamos nuestro imaginario paseo en el cuartel de la guardia civil que como ya comentamos en la entrega anterior se ubicó a mediados del siglo XVIII en un huerto propiedad del marquesado de Rafal conocido como “de las palmeras”, catorce tahullas entre el Camino y Cabezo de San Francisco, con granados y otros árboles . En la actualidad, es difícil imaginar este espacio rural extramuros que permaneció muchos años prácticamente deshabitado. Con el tiempo estos arrabales perdieron su función agrícola y comenzó a instalarse en ellos una población estable, generalmente dedicada a actividades profesionales necesitadas de grandes espacios o que resultaban molestas para ubicarlas dentro de la ciudad. Pero su verdadera urbanización no llegaría hasta el primer cuarto del siglo XX, fruto de los ensanches planificados por el consistorio que presidió Francisco Díe. Valgan como ejemplo los planos de 7 casas para obreros, presentados en diciembre de 1929 por Francisco Germán Ibarra, en representación de la Caja de Ahorros y Socorros de Ntra. Sra. de Monserrate. Continuaremos por la calle de los Menadores, que parte a la izquierda del cuartel. El verbo menar, en catalán y valenciano significa conducir o dirigir, pero en este caso se refiere a un oficio ya desaparecido que formaba parte de la cultura del cáñamo, tan arraigada en nuestra comarca. “La Mena era una especie de rueca que servía para hilar el cáñamo y fabricar cuerda fina y gruesas maromas. Tenía el tamaño de la rueda de un carro; el “menaor” le daba vueltas con una manivela mientras que otro, con un grueso mazo de cáñamo liado en su cintura, iba soltando con gran habilidad manual la materia prima, de cara siempre a la rueda y caminando lentamente hacia atrás. Una vez hilado el cáñamo tensaban la burda cuerda y le pasaban repetidas veces una manopla mojada en agua hasta dejarla igualada y acabada. Estos profesionales trabajaban siempre en grandes espacios abiertos por la gran longitud de las sogas ”.
Por ella llegaremos a la calle de la Virgen de la Fe, que nos recuerda a una devoción mariana, que popularizaron los capuchinos en el siglo XVII. “Es tradición muy antigua; esta sagrada imagen estaba en una iglesia o ermita que había en el castillo de la ciudad de Orihuela que se hallaba fundado en el monte Orión o como dicen Oriol y que a su presencia acudían los oriolenses cristianos como a su refugio y amparo en todas sus necesidades y aflicciones. Allí la veneraban, le hacían votos y promesas, teniéndola todos por su Madre y amplísima bienhechora, resultando de todo esto ser muy antigua esta santa imagen..…Un pájaro que tiene el niño Jesús en su mano, es un ave llamada comúnmente oriol, herodio o gerifalte, de donde tomó el nombre Oriolet y la ciudad el apellido de Orihuela y Orihola ”. Con una trama parecida a la de la de Monserrate, la leyenda de la Virgen del Orión cuenta que para que no fuese ultrajada por los hijos de Mahoma, la bajaron del castillo ocultándola en un nicho y que allí fue venerada en secreto por los cristianos que permanecieron sometidos en el Raval Roig. Fallecidos los conocedores de su emplazamiento, la imagen cayó en el olvido hasta que en 1634, en las obras de ampliación del convento de Capuchinos se tomaron unas casas contiguas y al derribarlas la descubrieron en su nicho. La imagen fue llevada en procesión hasta la iglesia del monasterio y allí se le fabricó una capilla con retablo y altar.
Hasta el procedimiento para escoger su titulación, se asemeja bastante al de su vecina de Monserrate, ya que le llegó por sorteo. Utilizando un jarro de plata y setenta y dos cedulitas con otras tantas advocaciones marianas, cuentan que un niño sacó por tres veces la que llevaba escrito el nombre de la Virgen de la Fe. Desaparecida en la actualidad, de toda esta historia solo queda un lienzo que refiere el hallazgo y que por desgracia se muestra actualmente en una iglesia de Totana. Es muy triste que un cuadro con el escudo de Orihuela y costeado por sus vecinos continúe fuera de nuestra ciudad. “En un castillo que estaba / allá en el monte Oriol / tu antigua imagen cual sol / luz de gracias irradiaba / y allí el pueblo le adoraba / desde tiempo inmemorial. Cuando el cruel mahometano / entró en España furioso /y tu templo milagroso /profanó con torpe mano / te libró el pueblo cristiano / de aquella furia infernal Esa tu imagen querida /refiere la tradición /que en una persecución /fue ocultamente escondida/y después de aparecida/ de Roche en el arrabal. Unos muros derribaron/ para ensanchar el convento / y entre ellos ¡que
portento¡ / Y de leyenda en leyenda, llegamos a la calle de la Armengola, la mítica esposa de Pedro Armengol, personaje imprescindible en las fiestas de la reconquista. Cuando las leyendas forman parte del patrimonio de un pueblo, se convierten en creencias muy arraigadas entre sus habitantes y estos no admiten fácilmente que su verdadera historia sea otra que la que la tradición oral les ha transmitido. Estas narraciones, tamizadas durante siglos de recreación popular, se van modelando al gusto local; pero no solo en Orihuela, el largo proceso de la llamada reconquista, forjó por toda España bonitas historias de batallas ganadas milagrosamente a las huestes del Islam.
Considerando que el reino árabe de Murcia, en el que se hallaba Orihuela, estaba sometido ya varios años en vasallaje al de Castilla y que en la sublevación de los mudéjares los repobladores cristianos tenían en su poder las fortalezas y recintos defensivos, es evidente que la proeza de aquel 17 de julio, con o sin Armengola, no pudo ser la toma del castillo sino su defensa ante la rebelión impulsada por el reino de Granada. Por ello debe quedar claro que los habitantes cristianos de Orihuela fueron premiados por aguantar el sitio al que fueron sometidos hasta la llegada de las tropas de Alfonso X y no por conquistar la ciudad, quedando así desbaratado el argumento de nuestra más famosa leyenda local. “La realidad histórica ha sido suplantada frecuentemente con fábulas, que bien o mal urdidas llagaron pronto a tener crédito, no solo entre el vulgo propenso a lo novelesco y maravilloso, sino entre muchos historiadores de buenas tragaderas y escasa crítica ”. Historiadores locales como Bellot o el propio García Soriano, intentaron poner luz a los hechos que inspiraron nuestra leyenda fundacional y que también fueron verdaderamente heroicos, pero son muchos los que prefieren que la verdad no les estropee un bonito cuento. Nosotros, siguiendo por la calle de esta heroína oriolana, descenderemos hasta entroncar con la Plaza y Calle de Capuchinos, cuyo nombre recuerda al desaparecido Convento del Santísimo Nombre de Jesús, sustituido en la actualidad por un conglomerado de hormigón de aspecto carcelario. Los Capuchinos son la rama franciscana más joven y la única que ha permanecido independiente con su propia organización y estructura. En la primera mitad del siglo XVI muchos religiosos pugnaban de nuevo por recuperar los fundamentos de San Francisco, insatisfechos de la vida que se llevaba en la Observancia. En su intento por volver al eremitismo de los orígenes, Mateo de Bascio o de Bassi se enfrento a sus hermanos observantes entregándose a la práctica literal de la Regla. Cuando supo que el hábito franciscano no era el mismo que usaba Francisco de Asís, sino que este era más áspero y con un capucho puntiagudo cosido a la túnica, lo adoptó sin más y así, la forma peculiar de su capucho, propició el apodo que a la postre sería el nombre oficial de la Orden, los capuchinos. En el verano de 1528, Mateo marchó en secreto a Roma y con el apoyo de la sobrina del Pontífice, obtuvo el permiso de Clemente VII para observar la Regla según sus deseos, pero esta actitud le ocasionaría múltiples persecuciones y periodos de encierro por parte de los observantes. A pesar de todo se convirtió en el fundador y primer superior general de la orden de los frailes capuchinos menores. La celebración del Concilio de Trento (1545-1563), favoreció la consolidación de esta reforma y los Capuchinos no sólo se afianzaron sino que lograron expandirse geográficamente. Primero fue Francia y después Bélgica. En España, vencido el recelo que consideraba que dicha reforma no añadía nada a la emprendida por los Alcantarinos Descalzos, se establecieron en Cataluña en el año 1578, desde donde iniciaron su expansión por los distintos territorios peninsulares. Al territorio valenciano llegaron en 1596 por intervención del Patriarca Juan de Ribera, arzobispo y virrey y a su influencia se debe que a esta Provincia se le diera el nombre de la "Preciosísima Sangre de Cristo", erigiendo 19 conventos hasta 1729.
En la Orihuela de principios del siglo XVII, estaban instalados los Observantes en Santa Ana, los Descalzos en San Gregorio y sus hermanas las Clarisas en San Juan. Pero para completar la presencia franciscana, faltaban los Capuchinos que fundaron su convento en el año 1611. En un primer intento se instalaron en el camino de Almoradí, no muy lejos de la ciudad. Pero este paraje ubicado cerca del río, frente a la noria de la acequia de Callosa, resultó muy pernicioso para la salud de los frailes. “El convento de capuchinos de esta ciudad de Orihuela se fundó el año 1611, siendo provincial de esta Provincia el padre Quiroga de la Casa... Levantaron su convento en su primera fundación, en el camino de Almuradín, no muy lejos de la ciudad....Por ser este primer Convento enfermo, y haberse muerto en él, en breve tiempo algunos Religiosos, se trasladó al sitio en que hoy se halla donde el año de 1618, se puso la primera piedra, por el Ilustrísimo Señor Balaguer, Obispo de esta ciudad a 20 de septiembre, y poco a poco se fue perfeccionando, como lo está al presente ”. Estos fragmentos pertenecen al “Cathalogo de conventos del obispado de Orihuela”, escrito a mediados del siglo XVIII, pero es mucho más precisa la información que nos ofrece el Padre Agustín Nieto. Según la misma, el cenobio contaba con catorce religiosos que fueron acogidos por el obispo durante meses, hasta que se les indicó donde podían edificar su convento. Pero por ser lugar húmedo entre el río y una acequia muy caudalosa, los religiosos enfermaban constantemente llegando en algunos casos a fallecer. Así que la ciudad compadecida determinó cederles en 1619 un sitio mas sano en el barrio de Arrabal Roig. La proximidad con sus hermanos observantes de Santa Ana les obligó a pedir su beneplácito y a diferencia de lo que pasó con los descalzos, recibieron su apoyo. Los capuchinos no celebraban entierros, ni tenían cofradías, tampoco organizaban procesiones, ni recibían limosna de misa o de sermón, así pues, a pesar de la cercanía no se sintieron amenazados. Como nada impedía el traslado, se pusieron manos a la obra y a la puesta de la primera piedra, asistió el obispo, el gobernador y sus hermanos de Santa Ana. Pero en poco tiempo el guardián de los observantes fue reemplazado y al nuevo no le pareció tan bien esta vecindad. El entusiasmo con el que la ciudad recibía a los recién llegados y las dimensiones del nuevo edificio que construían, le hicieron temer una gran disminución en las limosnas, así que optó por impugnar la fundación capuchina alegando que se hallaba dentro de su demarcación. “Los Capuchinos empezaron a fabricar su convento y por medio del síndico vendieron aquel mas antiguo sitio y deshizieron todo quanto en el estava hecho, y traxeron todos los pertrechos a este nuevo sitio, y con ellos y el dinero que del viejo les dieron empezaron a edificar su convento, y después de aver hecho gran parte del edificio y gastado mas de tres mil ducados y vivido por mas de tres años passifica y quietamente, viniendo otro guardián de Recoletos trató de impedirles el edificio ”. En 1624, ante la denuncia de los observantes, el consejo oriolano envió un escrito al rey, en defensa de la fundación del convento del Santísimo Nombre de Jesús. Con el apoyo de la ciudad, del virrey y el del propio Felipe IV, los capuchinos consiguieron su propósito. Al igual que sus hermanos descalzos, estos religiosos reformistas,
ayudaban a indigentes y cuidaban enfermos, con tanto empeño que
en la peste de 1678, dos capuchinos llamados Diego y Andrés fallecieron
contagiados mientras los atendían. También eran dados
a la mortificación física, vean sino en que se entretenía
un capuchino del siglo XVIII, llamado Antonio de Mallorca: Con esta actitud, fueron cimentando su fama de santidad que los convertiría en la congregación mas querida durante el siglo XVIII, pero con la desamortización, el convento pasó a ser un almacén de propiedad particular. A mediados del siglo XIX, el diccionario de Pascual Madoz lo cita como “un edificio muy capaz en su clase, de obra de mampostería sólida, que promete mucha duración. Su iglesia es pequeña pero muy decente, hallándose hoy sin uso alguno. Tenía una buena biblioteca, dentro de su muro un huerto regado por una noria y otra porción de terreno secano a la falda del monte, bien cultivado y plantado de algarrobos, olivos y otros árboles”. En 1880, fue restaurado y ocupado por capuchinos franceses expulsados de su país, que provisionalmente se instalaron en el seminario hasta que el convento fue habitable . Recuperada su función regresaron los capuchinos españoles que pronto retomaron su estrecha relación con el arrabal y con los oriolanos en general, muchos de los cuales, aun les recuerdan caminando por la huerta semidescalzos y con su hábito peculiar, dispuestos a celebrar misa en alguna ermita. Volvió a sufrir obras en 1927, esta vez por causa del proyecto de ensanche de la calle Capuchinos, demoliendo y reedificando la portada del atrio y 281 m2 de la pared que cercaba su huerto. Exclaustrados de nuevo, durante la guerra civil el edificio se utilizó como hospital militar y gran parte de su legado iconográfico fue destruido. Al terminar la contienda los frailes regresaron y a pesar de las dificultades económicas de la época, se reemplazaron algunas piezas. Pero a finales de los años sesenta, los capuchinos vendieron el convento y se marcharon. El añejo edificio fue derribado en 1980 y todos los objetos de culto, imágenes, lienzos, piezas de orfebrería y el propio archivo de los capuchinos, salieron de Orihuela con destino a otros conventos de la orden, y ahora lucen en Totana, Orito o Masamagrell. En octubre de 1999, los capuchinos regresaron a una modesta ermita a espaldas de su antiguo emplazamiento, pero el patrimonio desaparecido, costeado en gran parte por los vecinos del Ravaloche permanece esparcido por la provincia capuchina. |