Antonio José Mazón Albarracín
(Gracias a José Ojeda Nieto y a Mariano Cecilia Espinosa)
El
callejero oriolano como el de cualquier otra localidad es algo más
que una lista de nombres. Es una fuente de información que nos
traslada a un pasado, muchas veces en el olvido, que permanece congelado
en las titulaciones.
Hasta la segunda mitad del siglo XIX, la potestad de titular las calles
estuvo en manos del pueblo y como este solía utilizar elementos
recogidos de la vida cotidiana, muchos de los nombres más añejos
- y de ellos esta repleto este antiguo arrabal-, apenas necesitan explicación.
Vamos a retomar nuestro imaginario recorrido urbano en la calle de los
Capuchinos, hablando de las travesías que la flanquean.
La calle que quedaba a la izquierda del convento, llamada en la actualidad
de las Chumberas, figura en los padrones al menos desde el siglo XVII,
como de las Paleras, así que se puede decir que ha conservado
su titulación, a pesar de ser la única que no ofrece higos
chumbos al tener cortado el acceso a la sierra. Avanzando un poco más,
encontramos dos títulos del siglo XVIII; el de las Capillas,
que hace quizás referencia a las capillas laterales de la desaparecida
Iglesia del monasterio y el de las Parras, que tampoco aparecen por
ningún sitio
Pero
aún más antiguas, al menos del siglo XVI, son las cuatro
que vamos a citar a continuación. En primer lugar dos callejas
paralelas con apellidos de procedencia aragonesa, la de Claramunt y
la de Ferriz o Ferris, que se ha corrompido en Ferrari . Las otras dos
se llaman del Castillo y del Barranco. Este autentico barranco que da
nombre a la calle, baja de la sierra y sirvió de foso natural
a la muralla que por aquí ascendía hasta el castillo .
La progresiva expansión urbana que abandonó la falda de
la peña para ubicarse en la otra orilla del río, ha olvidado
estos barrios pintorescos, quedando así preservados como elementos
singulares. Es por eso que se nos hace difícil entender el abandono
al que han sido sometidos sus tradicionales vecinos que por convicción
o sencillamente por falta de medios para mudarse, han permanecido en
sus casas pasando a formar parte de un patrimonio cultural que debe
ser valorado como seña de identidad oriolana. Una zona que puesta
en valor podría ser algo especial, ha mudado de barrio humilde
a peligroso refugio de población marginal.
Otro precioso rincón al pie de la sierra y a espaldas de Monserrate,
que ha tenido más suerte –de momento- es el de la calle
de la Torreta, cuyo nombre también vetusto queda evidenciado
en los restos de la torre que se mantiene en pie dando fe del antiguo
perímetro defensivo. Gran parte de esta calle, ha sido restaurada
y embellecida recientemente por la cofradía del Cristo de la
Buena Muerte, ubicando en ella su casa.
Y
así llegamos a la antigua Plaza del Rabal Roig, situada junto
a la desaparecida puerta de Murcia.
“Nada –o casi nada- de la configuración actual de
la zona rememora el pasado, y menos que nada el edificio y el espacio
que le circunda. Porque el edificio de aquel entonces –siglos
XVI y XVII- era una pobre ermita levantada en el arrabal –Raval
Roig- más pobre de la ciudad.
Un arrabal escasamente poblado a la altura de 1540, año en el
que todavía hay que recurrir a las crónicas y a las fuentes
indirectas para no dudar de su existencia, porque los notarios del Consell
no se molestaban en dar fe de los allí residentes ”.
La Plaza del Raval Roig, ha estado siempre ligada estrechamente a la
cofradía de “ la Verge María de Monserrat”,
entidad aprobada por el Papa Sixto IV en bula de 12 de octubre de 1482
y han sido generalmente sus mayordomos los encargados de adecentarla
ante la desidia municipal y la proliferación de establecimientos
molestos e inconvenientes para la vecindad.
“A la salida de la ciudad por la puerta de Murcia se abría,
imitando a las demás puertas de la ciudad, un amplio espacio
identificado como Plaza del Raval. Era, como todo el arrabal, espacio
sin reglamentar, tanto en normas de edificabilidad como en el uso y
disfrute del espacio. De esta situación se aprovechaban algunos
vecinos, que veían en el amplio espacio de la plaza un lugar
idóneo para ejercer su profesión ”.
Para la actual concepción de la higiene pública, son inimaginables
las condiciones de insalubridad en las que se desenvolvían los
curtidores o los salitreros. A modo de ejemplo hablaremos un poco de
estos últimos.
La
palabra salitre, proviene del término catalán "Salnitre"
y éste a su vez del latín "Sal Nitrum". Los
alquimistas medievales, obtenían este producto procesando el
material rico en sales de nitrato que se hallaba adherido naturalmente
a las paredes de las cuevas, al suelo de los establos o a los muros
antiguos y que una vez disuelto en agua hirviendo, cristalizaba tras
un breve periodo de reposo. Pero su utilización en la fabricación
de la pólvora, le otorgaría una extraordinaria importancia.
La creciente demanda para usos militares y la escasez de este producto
en su forma natural, fomentó en toda Europa la creación
de un nuevo oficio, el de salitrero.
Las primeras nitrerías artificiales, comenzaron a funcionar en
el siglo XVI y para recrear sus condiciones naturales de formación,
el salitrero mezclaba materias orgánicas con cenizas de leña,
cal y tierra de los establos que colocaba en capas sobrepuestas. Estos
montones eran rociados de forma periódica con orines, excrementos
y otros líquidos pestilentes. En esas condiciones se formaba
amoníaco y posteriormente nitratos que disueltos en agua y mezclados
con tierra se disponían en muros de cuya superficie surgía
después de cierto tiempo el salitre. Tras lavarlo repetidas veces
en grandes artesas y una vez sometido a cocción en calderas,
se trituraba el resultado con mazos de madera, hasta quedar reducirlo
a polvo.
La
complejidad del proceso y la necesidad de espacio para desarrollarlo,
provocaba numerosas quejas del vecindario y los jurados se veían
obligados a retirar de la plaza las calderas y otros utensilios propios
de este oficio.
En 1599 fue embellecida, aplanada, e igualada por los mayordomos de
la citada cofradía y acabaría adoptando el nombre del
Santuario anexo - Plaza de Monserrate-. Su ajardinamiento, al igual
que el de la Plaza Nueva, es fruto de la actuación realizada
en la década de 1920 por el consistorio que encabezaba Francisco
Díe. Este personaje imprescindible en la configuración
de nuestra ciudad y del que hablaremos muy pronto era también
mayordomo y presidente de la cofradía de la Virgen de Monserrate.
La plaza ha sido remodelada recientemente, con un moderno diseño
en el que se echa de menos la acogedora sombra de unos frondosos árboles.
La estatua del caballero con levita que la preside, recuerda a José
María Muñoz y Bajo de Mengibar, personaje del que hablamos
ampliamente en el número 5. Basta recordar que este filántropo
repartió en nuestra ciudad dos millones de reales entre las más
perjudicados de la riada de Santa Teresa en 1879, y que fue trasladado
aquí en 1900 desde la Plaza Nueva.
Para hablar del Santuario de la patrona de la ciudad, haremos un rápido
resumen de su conocida leyenda antes de pasar a los datos corroborados.
Cuenta la tradición, que tras la reconquista, algunos cristianos
buscaron incansablemente la imagen de una virgen que se veneraba en
la ermita de San Julián y que al igual que en la leyenda de la
Virgen de la Fe, fue escondida con la llegada de los árabes a
la península. La infructuosa búsqueda duraría muchos
años, hasta que:
“ el subterráneo sonido de una campana, oído durante
tres noches continuadamente al pie del monte del castillo en su parte
occidental frente al cauce del río Segura a su entrada por aquel
tiempo en la ciudad llamó la atención a los fieles, que
acudieron al lugar, donde el misterioso sonido se dejaba oír
y agujereando la peña, encontraron el celestial tesoro escondido
durante tantos siglos ”.
Continuando con el relato, la nomenclatura actual de la virgen fue
decidida tras un sorteo al no existir acuerdo sobre la nominación
que debía titular a la imagen, quedando desechados los nombres
del Pilar y del Orito que en un principio se barajaron. En el sitio
del hallazgo se erigió una ermita de reducidas dimensiones, preservando
la gruta en donde según la tradición fue hallada la virgen.
Lo
que verdaderamente podemos asegurar, es que desde el siglo XIV existió
una ermita dedicada a la Virgen de Monserrat, advocación popular
entre los repobladores catalanes y que el 19 de julio de 1537 el cabildo
y consejo de Orihuela la cedieron a la orden del Carmen para fundar
un convento, empresa que a diferencia de lo que ocurrió con otras
ermitas no llegó a buen puerto.
“La ermita se halla, si no apoyada, próxima a la muralla
y a las torres que de trecho en trecho fortalecen el muro, en esa zona
donde la muralla requiebra para ascender por la sierra, lo prueba el
testimonio del suceso que obligara a una de las reparaciones que habrían
de hacerse en la ermita en el último tercio del Quinientos, pues
en 1567 una de las torres de la muralla cayó y destrozó
toda la capilla.
La reparación de estos años sirvió seguramente
para ampliar la ermita, aprovechando el destrozo de la muralla. Pero
si no fue así, si solo fue una reparación, en los inicios
del XVII se llevaría a cabo una actuación mas completa,
que sirvió a la postre para perfilar el trazado de la incipiente
calle de Monserrate ”.
También se puede certificar que volvió a sufrir obras
en la segunda mitad del siglo XVII . El primitivo templo fue demolido
en 1747 y reedificado entre 1750 y 1775 a instancias del obispo Gómez
de Terán, siendo transformado totalmente el espacio del Santuario
con una gran ampliación y una nueva distribución de sus
estructuras. La capilla del Hallazgo pasó a ocupar un lugar secundario
dentro de la nueva edificación y la antigua ermita ocuparía
aproximadamente el espacio comprendido entre dicha capilla y la que
hoy día es puerta lateral, hasta entonces portada principal.
El 6 de Enero de 1755 se otorgó la carta de pago al maestro
Cristóbal Sánchez por varias obras que se habían
realizado en la nueva iglesia, entre ellas la nueva portada de la parte
del mediodía. El 30 de Septiembre de 1756 se pagaban a Cristóbal
Sánchez por la obra del frontis. Entre 1764 y 1765 se construyó
el presbiterio y los muros con sus cimientos bajo las directrices del
maestro arquitecto y alarife Pedro Pardo natural de Orihuela. El 17
de Noviembre de 1776 se trasladó a la Virgen de Monserrate desde
la Catedral a su nueva capilla, presidiendo la procesión el Obispo
Tormo, el cabildo catedralicio, la ciudad, clero, comunidades religiosas,
colegio de San Miguel y los gremios.
Un siglo después, ante la amenaza de ruina, se derribaron las
bóvedas y tejados de la nave del templo y se volvieron a edificar
fortificando las nuevas estructuras. Esta reparación se realizó
en 1875, siendo Hermano Mayor de la Cofradía el canónigo
penitenciario de la misma, Pedro Rocamora, a expensas de los devotos
de Orihuela .
Citaremos
por último que en noviembre de 1934, cuando en otros pueblos
ardían los templos, Ignacio Sánchez Ballesta se dirigió
al consistorio para solicitar permiso, como contratista de las obras
proyectadas en las torres y fachada, adjuntando el siguiente plano.
Las Casas de Misericordia nacieron entre los siglos XVII y XVIII, para
dar asilo a los pobres imposibilitados para el trabajo, evitando así
la mendicidad y permitiendo al mismo tiempo expulsar de la ciudad a
los vagos que pretendían vivir aferrados a la limosna. Anteriormente
fueron los conventos los encargados de atender a estas personas proporcionándoles
comida de subsistencia, con la llegada de estos establecimientos, recibieron
también albergue.
A
los huérfanos, hijos de padres enfermos o sencillamente tan pobres
como para no poder mantenerlos –circunstancia habitual en la época–,
la Casa de Misericordia les proporcionaba además doctrina cristiana
y el aprendizaje de un oficio.
En el año 1743, el obispo Gómez de Terán solicitaba
“fundar en la población de esta ciudad, y en la inmediación
a la Iglesia de nuestra Sra. de Monserrate de nuestra jurisdicción,
sita en ella y en la Parroquial de el Sr. Santiago, una casa de Misericordia,
donde los verdaderos pobres de Jesucristo Nuestro Bien, y que son imagen
y representación suya, logren ser socorridos” .
Construida con varias casas adquiridas a la cofradía de Monserrate
en la calle de Santiago, las obras financiadas por el obispado con ayuda
del cabildo y algunas limosnas, durarían casi tres años,
abriendo sus puertas a los primeros asilados en diciembre de 1745.
Pero la primera edificación debió ser muy modesta, porque
el 26 de Junio de 1756, en plena reconstrucción de la vecina
ermita, el antes citado Pedro Pardo junto a Miguel Francia vecino de
Crevillente, ambos maestros alarifes, firmaron ante el notario Rafael
Medina las condiciones para hacer y construir de su cuenta y riesgo,
la nueva fabrica material de la casa de misericordia en el sitio y término
que ocupaba la antigua, según tenían tratado, convenido
y ajustado con el Ilmo. Sr. Obispo D. Juan Elías Gómez
de Terán. Para ello aceptaron arreglarse en todo, según
reglas de buen artífice, a la planta y perfiles que había
formado el matemático Antonio Villanueva y firmado el provisor
y vicario general del obispado, el canónigo penitenciario de
la Catedral Joseph Ximénez Lozano.
Se
comprometieron a tenerla perfectamente construida -incluyendo la casa
para el capellán- en dieciocho meses de plazo que arrancaban
ese mismo día. No quedó un detalle sin concretar, en la
34 cláusulas se pormenorizaban los materiales que iban a ser
empleados: tejas (de Alicante, Agoste o Elda), pisos, cocinas, fregaderos,
escaleras con su barandilla, 29 puertas interiores (11 de doble hoja)
85 ventanas (24 de ellas con reja), etc.
Estaba junto a Monserrate, separada por un callejón cercado que
permanece en la actualidad y ocupando el espacio del colegio Virgen
de la Puerta. Frente a ella, el mismo prelado fundó en 1758 la
Casa de Maternidad bajo la advocación de la Virgen de los Desamparados,
otro establecimiento benéfico con el objeto específico
de atender a los niños huérfanos.
La
Misericordia fue ampliada en 1818 por el obispo Simón López
resultando ser un edificio sólido y muy capaz en opinión
de Madoz a mediados del XIX. Durante ese siglo pasó de manos
de la iglesia a las del ayuntamiento, aunque de su administración
se encargaban las hermanas de la caridad. Formada la Junta de Beneficencia,
se hizo cargo de ambas instituciones y en el último tercio de
siglo, los inquilinos de la casa de Maternidad, fueron traspasados a
la “Misericordia” llamada Casa de Beneficencia.
Ya en el siglo XX, concretamente en Marzo de 1934, el consistorio republicano
aprobó el traslado de la Beneficencia al Cuartel de Sementales,
con el pensamiento de instalar unas escuelas en el edificio desocupado.
Suspendidos los concejales en Abril, la junta gestora a instancias del
director de la Beneficencia José Mazón Torrecillas, revocó
el acuerdo y en tres meses los niños regresaron al viejo edificio.
En los años cincuenta, el Padre Naves de la Compañía
de Jesús, reactivó esta institución, albergando
de nuevo a niños desprotegidos y lo que en un principio se pensó
como refugio temporal acabo convertido en el asentamiento definitivo
del llamado patronato San José Obrero. El fuego arrasaría
este impresionante edificio el 8 de enero de 1967.
El escudo de armas del obispo Gómez de Terán, ejecutado
en “piedra de Abanilla con bastante relieve y toda perfección”,
ha quedado como recuerdo de esta institución y se puede contemplar
adosado al lateral de la iglesia de Monserrate. El mismo escudo que
portaban sus inquilinos que “Por vestido y hábito, un saco
de paño pardo, valona y sombrero, y en el lado izquierdo del
pecho sobre dicho hábito llevarán un escudo de bronce
con un cuartel de nuestras armas, que contiene un jarro de azucenas
orlado con el Ave María Gracia Plena, y sombrero episcopal sobre
él ”.