En
el siglo XIX, el llamado arrabal de San Agustín, finalizaba en
una alameda que actualmente se corresponde con la calle de José
Antonio, con una barrera formada por los patios y traseras pertenecientes
a las casas de la calle de la Acequia. A mediados de dicha centuria,
en el plano de Coello, solo aparecían dicha Alameda, el huerto
del Marques de las Hormazas, el convento de San Sebastián y el
desamortizado ex convento de San Gregorio, dos edificios reseñables
y más allá solo huertos salpicados de alguna casa rural.
Pero el año 1883 marcaría un nuevo hito en el desarrollo
de la ciudad, tras muchas gestiones en Madrid se había logrado
variar el trazado original del ramal de Torrevieja, para que el ansiado
ferrocarril llegase a Orihuela.
La
estación en construcción quedaba lejos del centro y carecía
de caminos adecuados, pues entre la ciudad y el ferrocarril, se interponían
tres tahullas y media llamadas huerto de San Gregorio, propiedad del
Duque de Tamames y nueve tahullas y media del Marques de Serdañolas.
Si no se trazaba un nuevo acceso a la estación, solo podría
utilizarse el camino rural de Hurchillo, estrecho y con un enorme rodeo,
molesto para los viajeros y aún más para las mercancías
que habrían de ser acarreadas con dificultad. El ayuntamiento
delegó en Salvador Lacy Pascual de Bonanza, para que desde Madrid
procediese al ajuste y adquisición de ambas fincas.
El
1 de Julio de 1883 tomó posesión de la alcaldía,
un próspero farmacéutico llamado Francisco Ballesteros
Villanueva, hasta entonces diputado provincial apadrinado por Ruiz Capdepón.
Para la nueva corporación que presidía, no era suficiente
unir la población con el ferrocarril de cualquier manera, para
que de verdad el tren fuese aprovechable, se proyectó una avenida
de 890 metros que llegaría hasta el corazón comercial
oriolano, es decir a los Hostales, donde se hallaban establecidos el
casino, los bancos, las fondas y las posadas, además de albergar
en invierno los celebres y concurridísimos mercados semanales.
El ambicioso proyecto que incluía la compra de las fincas antes
citadas, la construcción de un nuevo puente y la reurbanización
de las calles de Calderón y Loazes, ascendía a 116.900
pesetas.
La financiación, no podía salir de las vacías
arcas municipales que angustiosamente pagaban los gastos ordinarios,
así que tiraron de los fondos de propios disponibles por importe
de 102.963 pesetas. El déficit de menos de 14.000 pesetas, se
cubriría con la venta de la parte sobrante de las fincas expropiadas
y recalificadas, que alcanzarían bastante valor dada la carencia
de casas en la población.
Todo
quedó aprobado, nombrando al arquitecto provincial José
Ramón Más para la formación de planos y presupuestos.
El último escollo era conseguir acceso a dichas fincas, requisito
indispensable para que el Ministerio les concediera la autorización
de fondos. En febrero de 1884 la Sociedad Unión Agrícola
cedió la servidumbre temporal a través de su propiedad,
ubicada en la alameda . Pero problemas políticos iban a complicar
la puesta en marcha del proyecto. El 14 de ese mismo mes de febrero,
el Gobernador Civil suspendía fulminantemente al alcalde y sus
concejales durante 50 días acusados de desobediencia y abandono
de sus obligaciones. Se nombró un consistorio interino bajo la
vara de Matías Rebagliato Sorzano y la construcción del
“ferro-carril”, siguió adelante.
El 11 de mayo se inauguraba la nueva línea con la asistencia
del Presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas del
Castillo y del obispo Guisáosla, que bendijo las locomotoras
y hasta los carruajes que recorrieron la población jaleados por
la multitud. Cuatro días después de la citada inauguración,
se acordó denominar al paseo aún en construcción
como del Marques de Casa Loring, en honor a Jorge Enrique Loring Oyarzábal,
fundador de la compañía de ferrocarriles andaluces que
estableció la línea Murcia-Alicante.
En diciembre de 1884 la corporación todavía interina
daba un plazo de ocho días a Francisco Ballesteros para que entregase
el dinero autorizado para las obras que tenía depositado a su
nombre en la sucursal de Alicante del Banco de España. El destituido
alcalde, se limitó a comunicarles que dicha cantidad permanecería
en su poder a la espera de recuperar su cargo municipal para emprender
personalmente el proyecto. Todo parecía perdido para Ballesteros,
pues en julio de 1885 el Ministerio de la Gobernación entregaba
oficialmente la alcaldía de Orihuela a Rebagliato Sorzano que
sin demora comisionó a Pedro Ramón Mesples para formar
la subasta de las obras del paseo de la estación, adjudicadas
en octubre a Francisco Pérez Llobregat junto con la construcción
del puente. Pero en diciembre Ballesteros, protegido por Capdepón,
se salía con la suya y Rebagliato presentaba su dimisión.
Gracias al acuerdo de turnos en el poder pactado por los dos partidos
dinásticos, la antigua corporación volvió al ayuntamiento
y comenzó a desarrollar sus proyectos en enero de 1886.
Las
calles de Calderón de la Barca y de Loazes sufrieron una drástica
transformación, pasando a formar parte de esa proyectada avenida
de 890 metros como articulación funcional entre el corazón
comercial y el ferrocarril. Se construyó la Glorieta, el nuevo
puente y un lujoso casino, se embovedaron las acequias, se plantaron
árboles y las humildes viviendas se fueron transformando en interesantes
casas para la burguesía, edificios que fueron construidos para
dar testimonio de su estatus económico, de su nuevo papel protagonista
en el desarrollo de la ciudad y que se irían levantando en el
entorno de estas calles para formar un bello escenario de cara al visitante
que nunca debió ser destruido y que de alguna manera ocultaba
el abandono y atraso urbanístico del resto de la ciudad.
Pero volvamos a centrarnos en “los Andenes”. El título
original de Marqués de Casa Loring, nunca llegó a utilizarse,
citándose como Paseo o Avenida de la Estación, hasta que
en agosto de 1911, tras someterse a votación, se decidía
homenajear a Trinitario Ruiz Valarino, agradeciéndole los inmensos
beneficios recibidos y sus pruebas de cariño a nuestra ciudad,
pasando a denominarse Avenida de Ruiz Valarino . Formó parte
del amplio paquete de mejoras proyectadas por la corporación
presidida por Francisco Díe durante la dictadura de Primo de
Rivera, pero no hubo tiempo y sería el consistorio republicano,
en noviembre de 1931 el que llevaría a pleno la urbanización
con una importante modificación, pensaban destinar a peatones
el ancho del centro y a carruajes los laterales, arrancando para ello
las dos filas exteriores de árboles, dando así entrada
de carruajes a los terrenos lindantes, a cuya mejora estaban dispuestos
a contribuir sus propietarios pero la resolución quedó
aplazada hasta septiembre de 1932, fecha en la que aprobaron un proyecto
del maestro de obras municipal, Francisco Sánchez para la pavimentación
con adoquín de las canteras de Torremendo y pórfido de
las canteras del monte Oriolet.
En Abril de 1934, la corporación fue destituida y el Gobierno
Civil designó una comisión gestora que el 13 de noviembre
decidió rotular el Paseo con el nombre del presidente del gobierno,
pasando a denominarse Avenida Alejandro Lerroux, ratificando el proyecto
del maestro Sánchez, para convertirlo de verdad en un digno paseo
que completarían con el asfaltado de la Glorieta.
El 12 de Marzo de 1936, con la victoria del frente popular y el derrumbe
político de Lerroux por su implicación en el escándalo
del estraperlo, el consistorio restituido decidió que en lo sucesivo
se denominase al paseo de la estación, Avenida del 14 de abril
, pero el paseo seguía sin urbanizar. Se formó una comisión
municipal que aconsejó arrancar los viejos y frondosos árboles,
“pues la mayoría estaban muertos y los que permanecían
sanos, perjudicaban las plantaciones de la Glorieta, además ensuciar
los jardines con la hoja caduca, debiendo aprovechar el momento por
el elevado precio de la madera, cuyo producto podría dedicarse
al asfaltado, para evitar el polvo que tanto perjudicaba a los transeúntes
de los Jardines de Gabriel Miró”. A pesar de la opinión
de Antonio Cubí, que propuso aplazar la tala, “por el mucho
sol que evitaban” hasta que crecieran los nuevos pinos, se acordó
el arranque mediante subasta de todos los árboles que se efectuaría
por lotes para permitir el concurso de los industriales modestos. Se
adjudicó el primero a Francisco Martínez Cases por 5.000
pesetas y el segundo a Enrique Rodríguez Mira por 6.000 pesetas.
En
junio de 1936 se presentaba un espectacular proyecto, obra del ilicitano
Antonio Serrano Peral, para adoquinarlo de mosaico sobre cimiento de
hormigón hidráulico, con encintado de bordillo, alcorques
y losetas de rocasfalto, valorado en mas de 200.000 pesetas, pero de
nuevo situaba la calzada para vehículos en el centro con dos
paseos laterales y cuatro hileras de árboles. Las obras comenzaron
en el verano de 1937 y en septiembre se formalizó un pedido de
árboles a la casa Beisat de Valencia para su colocación
en los paseos de la estación. Durante 1938, en las cuentas municipales
se sucedían los pagos de jornales del Maestro Román Sánchez
con cargo a la décima , así como de facturas por diversos
suministros: haces de cañas para el arbolado, metros de barrón
de acera, sacos de cemento, baldosines, portes de piedra pórfido,
gasolina para los camiones, todo para las obras en la Avenida de la
Estación, que fueron decayendo, manteniéndose hasta la
llegada de las tropas nacionales, en la primavera de 1939.
El 20 de Mayo, con motivo del gran desfile de la victoria, se dirigió
un telegrama al Generalísimo, reiterándole la testimonial
adhesión de la agrupación y vecindario y se aprobó
por unanimidad la rotulación de la calle de los Andenes de la
Estación como Avenida del Generalísimo Franco, pero una
circular recibida una semana después, ordenaba a las comisiones
gestoras, abstenerse de acordar nombres de vías y plazas públicas.
En consecuencia quedó aplazada dicha titulación. En diciembre
se acordaba continuar con el arreglo de la alameda de la estación,
cuyo presupuesto no quedo aprobado hasta el verano de 1941, ascendiendo
a 29.900 pesetas. De nuevo Antonio Serrano Peral, convertido ahora en
flamante arquitecto diocesano del Obispado de Orihuela, confeccionó
un proyecto y en septiembre de 1942, el alcalde manifestaba “la
necesidad, conveniencia y utilidad de que cuanto antes se procediese
a la urbanización del paseo de la estación, prácticamente
intransitable”, designando al señor Serrano, que presentó
en 1942 unos planos verdaderamente espectaculares, ofreciendo dos alternativas,
parcial o completa. La primera que incluía la calzada central
y dos aceras, estaba valorada en 366.248 pesetas y la segunda que añadía
los paseos laterales, 480.698 pesetas.
Creemos que no se acepto ninguna de las dos, pero no hemos podido encontrar
más documentación. Lo cierto es que los peatones circularon
por el centro y los vehículos por los laterales y que en las
fotos de los años 50 ya aparece urbanizado. Para terminar, citaremos
que su definitiva titulación llegaría el 12 de octubre
de 1955, fecha en que le otorgaron el nombre de Avenida de Teodomiro.