Antonio J. Mazón
Albarracín
(Con la colaboración imprescindible de Jorge Belmonte Bas)
La
muralla medieval oriolana, pronto se quedó estrecha para acoger
a una ciudad en constante crecimiento. Fuera del tradicional recinto
defensivo, se crearon arrabales fortificados con nuevos muros llamados
barreras.
“Deberán ser de piedra y yeso con el grueso de palmo y
medio y quince de elevación desde la superficie de la tierra,
con su bordo y el simiento correspondiente”.
Estas instrucciones, pertenecen a un documento municipal del año
1800, en el que se citan las normas a observar para la construcción
de tapias, barreras y portillos de la ciudad. En dicho reglamento se
nombran como barreras las de San Juan, de la Corredera, del Colegio,
de Molíns, de Hurchillo, de la Mancebería, de San Agustín
y de la Cruz del Río. De ellas, solo una ha permanecido en la
memoria popular, como podrán comprobar en personas de cierta
edad que aun llaman “la barrera” a la calle Calderón
de la Barca, de la que vamos a hablar en primer lugar.
“Se hizo ordenación en el año 1419 que la barrera
del camino de Urchillo se labrase de piedra picada, hoy se dice la barrera
de Magastre ”.
Dicha barrera contaba con una puerta compuesta por un simple arco de
piedra y el ensanche final de la calle San Pascual era conocido como
Plazuela de Magastre , citándose también como de Bigastro
en una escritura de principios del siglo XIX. El arco fue demolido en
1777, pero a la calle que partiendo desde el puente llegaba a la Alameda
de San Gregorio, no se la tituló como Barrera de Magastre o de
Bigastro, sino “Barrera del Matadero” por albergar este
edificio público.
A
nivel nacional los mataderos comenzaron a funcionar en el siglo XV.
Desconocemos la fecha de construcción del rastro oriolano, pero
lo cierto es que en el verano de aquel año 1777, necesitaba ser
restaurado. Una comisión municipal, formada por Luis Togores,
Baltasar Gallego y varios maestros peritos, redactaron los “Capítulos
y condiciones formados para la construcción de la obra y reparos
del Matadero rastro, propio de esta ciudad”, que pretendía
demoler toda su cubierta y arcos intermedios, para “quitado ese
embarazo”, obtener más ventilación. También
proyectaban levantar nuevas paredes, componer un nuevo tejado con teja
napolitana, enlucir todo el interior con yeso bien bruñido y
desplazar la portada a un extremo. En fin, una obra de considerables
proporciones que Vicente Gascón, director de obras de la Real
Academia de San Carlos, tras una visita de reconocimiento, se encargó
de recortar. En diciembre de 1779, redactó un nuevo informe capitular,
en el que consideraba superfluas e innecesarias las obras propuestas
y calificaba el matadero como un edificio bien plantificado, de bastante
capacidad y desembarazo, cuya fábrica estaba casi nueva. Solo
encontró un defecto, que las lluvias se filtraban por los terrados,
echando a perder la madera del techo. Así que se limitó
a sustituir las cubiertas, rehacer la esquina de poniente que amenazaba
ruina por falta de un estribo y a reparar todos los descarnados del
interior y exterior, reduciendo el presupuesto de 2900 libras a 800.
Estaba situado aproximadamente en la zona que luego ocupó el
Teatro Novedades, pues sus lindes eran a levante la calle Barrera del
Matadero, a poniente una traviesa que bajaba al río (actual travesía
Ríacho) y a mediodía la calle de San Pascual . A través
de un azarbe, vertía los residuos al Segura junto al molino del
Ríacho. La urbanización de la zona fue rodeando de viviendas
a estas antihigiénicas instalaciones ya ruinosas, hasta que en
septiembre de 1838 el síndico José Gómez comentó
en sesión municipal las repetidas quejas recibidas por el mal
vecindario que constituía el Matadero que obligaba a varios vecinos
a condenar algunas habitaciones por no poder sufrir la pestilente olor
que exhalaba.
No
pudiendo ignorar tan legítimas reclamaciones relativas a la salubridad
pública en lo que ya era una zona céntrica de la ciudad,
consideraron que con muy poco costo se podría trasladar el rastro
a las afueras, a las cuadras del patio del desamortizado convento de
San Gregorio, cuyos edificios eran en aquellos momentos “improductibles
a la Hacienda Nacional”. Acordaron hacerlo a la mayor brevedad
posible y para no perjudicar los escasos fondos públicos, solicitaron
a la Diputación Provincial, que diera el viejo y ruinoso edificio
en censo, evitando su destrucción y luego con la venta del mismo
obtendrían dinero más que suficiente para construir el
nuevo. Francisco Gutiérrez Guirao, fue comisionado para formar
con urgencia el correspondiente presupuesto de las obras indispensables
para habilitar “las oficinas necesarias” en las cuadras
del Convento de San Gregorio y pronto se puso manos a la obra.
Tras una tensa disputa con la Comisión de Arbitrios de Amortización,
que llegó a anunciarles una multa si no cesaban de inmediato
las obras en las cuadras de San Gregorio, recibieron el permiso de la
Junta de Enajenación de Edificios de Conventos Suprimidos, cediéndoles
las caballerizas por interés de la salud pública. Superados
los inconvenientes por la falta de agua, se envió presupuesto
y plano a la Diputación, obra del maestro de la Academia de San
Carlos de Valencia Antonio Sánchez, solicitando también
la licencia para enajenar el viejo edificio.
En septiembre de 1839, el comisionado Francisco Gutiérrez reclamaba
el pago de lo gastado en el traslado del matadero a San Gregorio y en
algunas reparaciones anteriores, efectuadas en el viejo rastro. Tras
solicitar informes, el consistorio aceptó pagar, pero cuando
vendiese el viejo edificio que Gutiérrez alquiló a cuenta
de la deuda. Pero no se detuvo ahí, en enero de 1840 hizo postura
por el viejo matadero, ofreciéndose además para realizar
la obra del nuevo en la cantidad tasada por los peritos con arreglo
al plano. La oferta implicaba una condición, que al valor de
la compra se le descontara el precio de las obras anteriores, de las
futuras y al acabar les abonaría el resto. La proposición
no fue del agrado de la corporación que decidió sacarlo
a subasta, pero al no acudir otros licitadores aceptaron la oferta de
Gutiérrez, que aunque analfabeto (en la escritura declaró
no saber firmar) consiguió hacerse con el céntrico edificio
a un precio más que razonable, pasando además de acreedor
a deudor municipal.
El nuevo rastro, nunca convenció a los ciudadanos, Ernesto Gisbert
en sus notas para la continuación de la historia de Orihuela
dice:
“Matadero. No son buenas sus condiciones. Estaba junto al puente
nuevo, en la callejuela que desde la barrera del matadero parte hacia
levante con dirección al río. Hoy también en malas
condiciones, se halla instalado en parte del exconvento de San Gregorio.”
Pero volvamos a nuestra calle. El 7 de julio de 1881, suponemos por
la coincidencia de fechas que con motivo del segundo centenario de la
muerte de Calderón, el consistorio recibió un escrito
de Joaquín Castaño solicitando la variación del
rótulo de la Barrera del Matadero, con cuyo nombre venía
figurando la calle en la que habitaba, por el de Pedro Calderón
de la Barca, obligándose el Señor Castaño a satisfacer
los gastos que ocasionase su petición. La Corporación
aceptó dicho nombre, que a la postre sería el definitivo,
para honrar la memoria de tan Ilustre Varón .
Atravesando el desaparecido arco antes mencionado, se encontraba una
heredad de 20 tahullas llamada “Las Barracas del Marqués”,
como se cita en el testamento de Gerónima Rocamora y García
de Lassa, Marquesa de Rafal fallecida en 1736. Sus lindes eran el camino
de San Gregorio y su convento, la acequia de los Huertos y el Camino
del Arenal y Bigastro. Formaba parte de una cuantiosa herencia, que
Doña Gerónima legó al canónigo de la Catedral
de Valencia, Francisco Boil de Arenós .
Poblado
mediante enfiteusis entre los años 1750 y 1771, la antigua finca
se convirtió en Barrio de Rocamora o de la Marquesa. En una escritura
fechada en 1808, aparece una casa que linda con el callejón llamado
del Molino de los Arcos (actual calle Los Arcos), con censo perpetuo
y fadiga de dos libras de moneda y una gallina a favor del Marques de
Rafal. Del barrio, que contaba con su cruz de término llamada
“de la barrera” partían dos caminos, el de Molíns
(antes llamado del Arenal y actualmente Camino Viejo de Molíns)
y el de Bigastro (o Lugar Nuevo), por ello la calle actual se bifurca
en dos a partir del ensanche. En 1840, los vecinos de la calle Barrera
del Matadero, se quejaron al síndico de los perjuicios que causaba
al tránsito la citada cruz de piedra y de las obscenidades que
en ella se cometían, acordando el ayuntamiento su traslado a
costa de los vecinos al sitio que ocupaba la de Santa Bárbara,
arruinada por una riada. No sabemos que pasó con aquella cruz
y si se llevó o no a cabo el traslado, lo cierto es que sustituyéndola
y recordando que ahí terminaba la población, encontramos
una simple y moderna cruz en la pequeña plazuela situada al inicio
de la calle.
El 11 de agosto de 1894, un concejal llamado Samper propuso al Ayuntamiento
y este aprobó por unanimidad, que para conmemorar la fecha de
consagración de Pedro Rocamora y García, Canónigo
Penitenciario de la Santa Iglesia Catedral y Obispo preconizado para
la silla episcopal de Tortosa, se sustituyera el nombre de la calle
denominada Barrio de Rocamora por la de calle del Obispo Rocamora como
tributo a las virtudes de tan esclarecido patricio. A sugerencia del
Señor Carrió, la Corporación acordó que
se grabase en mármol la inscripción de la citada calle
y se colocase en el sitio correspondiente invitando al prelado al acto
de inauguración. Dentro de un amplio programa de festejos y a
los acordes de una banda de música, el nuevo obispo descubrió
la preciosa lapida de mármol negro esmaltada en oro que daba
el título definitivo a esta otra calle.